El desorden y su potencia destructiva

[NOTA: En un artículo anterior iniciábamos unas reflexiones sobre “el Orden”, concepto fundamental de la Doctrina tradicional o Sabiduría universal, que iremos ampliando con otros artículos en los que analizaremos diversos aspectos de la idea del Orden. En esta ocasión vamos a abordar el tema de su contrapartida o antítesis, el Desorden, al que dedicaremos varios artículos que seguirán más adelante.]

El desorden y su potencia destructiva


Si el orden es decisivo para la vida humana, no lo es menos, aunque en un sentido negativo, su extremo antagónico, el desorden. No sería exagerado decir que la entera existencia del ser humano consiste en una continua pugna entre el orden y el desorden. De cuál de ellos triunfe e imponga su poder en cada momento, y por supuesto cuál de los dos trace el perfil general de su vivir, dependerá el que la vida de una persona llegue a su plenitud, sea lograda y feliz o, por el contrario, se vea frustrada, fracasada, desgarrada y sumida en el dolor.

Es éste, el desorden, un tema capital al que por desgracia no se presta la debida atención. Es un tema de enorme importancia, no sólo porque toca las raíces mismas de la existencia, allí donde se decide nuestra suerte, para bien o para mal, sino porque además afecta a todos los aspectos y dimensiones de la vida, con repercusiones de gran alcance y que pueden llegar a adquirir alarmante gravedad.

Si el orden construye al ser humano, lo humaniza –e incluso lo diviniza–, haciéndole persona, rodeándolo de un aura sacra, el desorden lo destruye, lo deshumaniza, lo bestializa, lo profana y desacraliza (le priva de su significación y proyección sagradas), lo endemonia, lo anula, mina y socava su vida personal. Si el orden armoniza la existencia del hombre, del individuo, de la sociedad y de la Humanidad, con el conjunto sublime y misterioso del Orden cósmico, el desorden los distancia de él, los enemista con el Todo universal del que forman parte y del que no pueden separarse sin infligirse a sí mismos grave daño.

El desorden puede presentar múltiples facetas, con una amplia gama de variantes, como iremos viendo a medida que avancemos en la exposición. Puede ser un desorden social, económico, político o religioso, que afecte con mayor o menor virulencia a comunidades humanas más o menos amplias: desde la familia, las ciudades o pequeñas regiones a pueblos, naciones e incluso continentes. Con el desorden ideológico que suele estar en la base de los graves desórdenes políticos y sociales que sacuden a la sociedad moderna.

Dentro del desorden social caben, a su vez, diferentes desórdenes que se produzcan en esferas tan importantes para la vida de una sociedad como el transporte y las comunicaciones, la sanidad o la educación. Cosas estas últimas hoy tan frecuentes en muchos países, siendo digno de destacarse el desorden médico o sanitario: el uso y abuso de los medicamentos; la propensión a echar mano de forma desconsiderada de los recursos que un sistema sanitario moderno –y en general, gratuito– pone a disposición del público; la masificación y el sometimiento de la medicina al dinero (a la industria farmacéutica); en algunos países el dejar sin atención hospitalaria o médica a quien no pueda pagarla (condenando a morir a los enfermos graves que no tengan medios).

Por lo que respecta al campo educativo, es este un sector en el que el desorden reviste alarmante gravedad, por la importancia que tiene para la formación de las nuevas generaciones, con una enseñanza en muchos países degradada hasta extremos increíbles: caos de programas, asignaturas y exámenes; sistemas que cambian sin cesar; bajísimo nivel de conocimientos y de exigencia (a causa de la obsesión igualitarista), los alumnos perdiendo el respeto a sus maestros y profesores, a los que llegan incluso a insultar y agredir físicamente (con el apoyo y la protección de los padres). He aquí una de las más lamentables formas de desorden, de la que son víctimas los niños y los jóvenes, que empiezan así a formarse y educarse en pleno desorden, el cual queda fuertemente implantado en sus mentes y sus vidas, con las amenazas y peligros que esto encierra para el futuro.

Puede darse también desorden en las ideas (los conceptos, los conocimientos, las opiniones, la noción de las cosas), en el hablar o en el pensar, en el uso del lenguaje o en el manejo del idioma (atentando contra su buen orden, contra su gramática, su sintaxis, su ortografía o su correcto vocabulario), en la visión de la realidad. Puede darse asimismo un desorden moral, con repercusiones en diversos ámbitos de la vida; o incluso un desorden en la aplicación de las normas éticas (por ejemplo, a causa de una excesiva rigidez o un formalismo moralista). Y no hay que ignorar la posibilidad de un desorden en la práctica de algo tan noble y básico en la vida moral como las virtudes: no observando su justo orden, hasta el punto de que degeneren y se conviertan en vicios.

Hasta la misma bondad se degrada, se descompone y deviene nociva, creando graves problemas y generando innumerables males, si flota y se mueve en el desorden, privada de el soporte y la orientación indispensables que le proporcionan la razón, la inteligencia, el conocimiento, la prudencia y la sabiduría. Es el caso del buenismo, hoy día tan extendido, que consiste básicamente en una bondad desprovista de sabiduría: un deseo de hacer el bien, real o fingido, pero funcionando con al margen de la Sabiduría o, lo que es peor aún, contra ella. Quizá se trate de una bondad guiada por puro sentimentalismo, o quizá de una supuesta bondad de tipo político o ideológico que maneja ideas, objetivos y métodos que son radicalmente contrarios a cualquier doctrina sapiencial y que, en realidad, están movidos por el odio a todo lo que la Sabiduría representa.

Adulterado, contaminado o arrastrado por el desorden, el bien se transforma en mal. Lúcidamente lo exponía el poeta chileno Pedro de Oña:

Al fin conviene en todo el orden,

Que la bondad es mala con desorden.

Lo mismo cabe decir del amor, la caridad y la compasión, expresiones o manifestaciones de la bondad. Tanto el amor como la compasión pueden producir efectos opuestos a los que pretenden con sus buenas intenciones, si caen en el desorden, si son concebidos y puestos en práctica de forma desordenada, al no contar con la luz de la Sabiduría. Pensemos, por ejemplo, en el amor de unos padres hacia sus hijos: si piensan que actúan amorosamente permitiendo que sus hijos hagan lo que les dé la gana, sin sujetarse a ninguna disciplina, y satisfaciendo todos sus deseos y caprichos, para que no les falte de nada, estando cometiendo un grave error, que les hace incurrir en un lamentable desorden intelectual, moral y emotivo.

Otros ejemplos de desorden en la concepción y aplicación del amor o la caridad serían, en esferas muy distintas: 1) el pretender ayudar sin saber hacerlo (lo que agravará los problemas); 2) la aberración del amor posesivo (confundir el amor con la voluntad de poseer a la otra persona, considerándola como un objeto de nuestra propiedad); y 3) el creer, cosa harto frecuente, que los celos son una muestra de gran amor a la persona amada, de la cual uno se muestra tan celoso por el menor detalle.

En su “Divina Comedia”, Dante condena varias formas de falso amor, entre las cuales, además de aquellas que van buscando en realidad el mal del prójimo, aquella que se orienta al bien de un modo que está lejos de ser el justo y correcto, o sea, de forma desordenada. Así, por ejemplo, cuando obra y se expresa con desmesura, ya sea con demasiado ímpetu o con poco vigor. Con frase sumamente lograda, Dante afirma que tal amor “corre hacia el bien con orden corrompido” (corre al ben con ordine corrotto; Pg. XVII, 126).

En este punto no podemos dejar de mencionar el desorden en la manera de ser y la forma de vida: desorden emocional o sentimental, desorden alimentario o nutricional, desorden físico o corporal (maltrato al cuerpo, abandono y dejadez del mismo, malas posturas, sedentarismo y falta del debido ejercicio), desorden en los horarios, desorden en los hábitos y rutinas, desorden en las aficiones y diversiones, desorden en la lectura (no leer nada en absoluto o devorar libros y periódicos sin orden alguno), desorden hipocondriaco (preocupación obsesiva por la propia salud), desorden en la alternancia entre sueño y vigilia (dormir cuando hay que estar despierto, y viceversa).

En relación con la forma desordenada de vivir, podríamos añadir: el desorden en el trabajo y las ocupaciones (ya sea en la forma de vagancia y holgazanería, o en la de adicción al trabajo), desorden en las relaciones sociales y en la comunicación (por exceso o por defecto, con relaciones superficiales o seudorelaciones, hablando sin parar a todas horas o quizá aislándose de forma enfermiza), desorden en el manejo del dinero (ya se presente como tacañería y avaricia o como derroche y despilfarro), desorden en el uso de los aparatos y medios técnicos que la civilización pone a nuestra disposición (móviles, ordenadores, videojuegos, televisión, coches y motos, armas, etc.). Y por supuesto, el desorden espiritual: desde el fanatismo al descreimiento, desde la superstición al escepticismo y el ateísmo, desde el materialismo al espiritualismo desbocado y heterodoxo.

Evidentemente, la primera y fundamental forma de desorden es el desorden de la mente, pues de él brotan todos los demás desórdenes. Todo arranca, brota y se incuba en nuestra mente, para bien o para mal. De ahí la importancia y la prioridad de poner orden en nuestro propio mundo mental, como nos enseñan el Yoga, el Zen, las artes marciales y la mayoría de las doctrinas, disciplinas o vías espirituales tanto orientales como occidentales. Del orden o desorden que reine en nuestra mente dependerán nuestra salud, nuestra libertad y nuestra felicidad, la satisfacción y el disfrute que podamos encontrar en la vida, el equilibrio y la armonía que se aposenten en ella. Si es el desorden el que se impone, todo eso se hará imposible. Nos encontraremos con todo lo contrario.

El desorden en la mente se traduce en confusión, descontrol, indisciplina, corrupción (de un tipo u otro), anarquía pensante (estar a todas horas pensando, dándole vueltas a las cosas sin orden ni concierto), funcionamiento ilógico e irracional, indigencia intelectual, incultura orgullosa (satisfecha de sí misma), arbitrariedad, demencia (pudiendo llegar a ser demencia colectiva), argumentación sofistica, necedad y estupidez, demagogia y autoengaño. Males todos ellos que afligen a nuestra época y que se traducen en una vida anárquica y sin sentido. Cosa esta última, una vida perdida y desperdiciada por su total carencia de orden, que hace estragos entre la juventud, una de las principales víctimas de esta civilización sumida en el desorden mental, desprincipiada y descentrada.

En principio, la palabra “desorden” es susceptible de entenderse en dos sentidos: como simple ausencia de orden (el sin-orden) y como rebeldía consciente, decidida y a menudo visceral contra el orden (el anti-orden). Aunque es evidente la diferencia de matiz entre una y otra manifestación del desorden, no cabe duda que ambas se hallan más conectadas de lo que a simple vista pudiera parecer, pues lo que en un principio es mera carencia de orden, porque no se sabe o no se quiere poner orden en la propia manera de vivir o de hacer las cosas, acaba traduciéndose en una fobia al orden, en una abierta hostilidad a cuanto pueda entrañar algo de orden o se perfile como una realidad bien ordenada. Cuando alguien mantiene durante mucho tiempo una actitud de desinterés hacia el orden y lo que éste significa, sin esforzarse lo más mínimo por ordenar la propia existencia, se convierte inevitablemente en un enemigo visceral del orden, de la armonía, la mesura y la rectitud.

Pero tanto en un caso como en el otro, en el sin-orden y en el anti-orden, se da un distanciamiento del Orden, un alejamiento del Tao (el Camino y Sentido del Universo), una pérdida del Ho o Fa (la Ley que mantiene el equilibrio y la bondad de la existencia), un apartarse del Dharma, el Rita o Asha. En esas dos vertientes del desorden hay una negación del Buen Orden, pasiva en el primer caso y activa en el segundo, con todo lo que tal negación conlleva de potencial destructor, corrosivo y anulador. Se trata, en definitiva, de un olvido y un desprecio del Bien, del Ser, de la Verdad, de lo Absoluto, del Principio. El Principio (Aρχή, Arjé o Arké) del cual surge todo tipo o modalidad de orden, que sustenta cualquier realidad ordenada, y sin el cual el orden no sería siquiera concebible.

Lo que hay en el desorden no es, en el fondo, sino una desconexión, un distanciamiento o un rechazo, un olvido o una huida del Principio. Ese Principio metafísico y ontológico que constituye el fundamento, la raíz, la razón de ser, el origen y el fin de toda forma de orden. El Principio que es Dios, el Creador y Supremo Ordenador, el Autor del orden, el supremo Artista que ha hecho surgir la Creación, el Orden universal. Dios es el Principio supremo que da vida a la Creación como Todo perfectamente ordenado, infundiendo en ella, desde su mismo centro, el orden que forma su entramado y que viene a ser como el aliento o la savia vital que lo nutre y sostiene, lo llena de armonía, bondad y belleza.

El Principio del cual se distancia o huye el desorden es, en última instancia, el Orden por antonomasia, el Orden eterno y originario cuya bondad, sabiduría y armonía se proyectan a la Manifestación universal. No olvidemos que en la teología cristiana, al igual que en otras tradiciones espirituales, Dios es definido, no sólo como Amor, como Bondad, como Verdad o como Sabiduría, sino también como Orden. Deus Ordo est: “Dios es el Orden”. De la misma forma que se le llama “el Ser” o “el Bien”, puede también ser llamado “el Orden” (die Ordnung, the Order, l’Ordre). Es el Orden eterno, el Orden perfecto, el Orden primero y último, el Orden que hace posible y sustenta todo orden, el Orden primordial y arquetípico del que emanan todas las formas de orden posibles.

Es ese Orden divino, ese Orden central y supremo, al que los seres humanos deberíamos vincularnos en todo instante, teniéndolo presente en todo nuestro pensar, hablar y actuar, para que nuestra vida esté en orden y no caiga en el desorden, un desorden que puede alcanzar niveles de alarmante gravedad y llegar a adquirir caracteres trágicos. Pero ese Orden divino, Orden creador, es el primero que rechaza o del que se distancia el desorden, y por consiguiente el que ante todo suele olvidar o despreciar el hombre de mente o vida desordenadas.

Estando en Dios y con Dios, estaremos en orden, tendremos un orden firme y seguro en nuestra vida. Estando sin Dios, lejos de Dios o contra Dios, no encontraremos sino desorden, desarmonía y desconcierto. Articulando nuestro vivir en torno al Principio, arraigándolo en su Luz, estará ordenado, centrado y principiado, funcionará bien y no le faltará de nada. Desvinculado del Principio, ignorándolo por completo, nuestro vivir quedará desprincipiado, desarticulado y desarbolado: la faltará todo y nada podrá colmarlo.

Pero tras este primer olvido, rechazo o distanciamiento del Orden divino, el Orden superno y principial, el Orden original y originario, el Orden creativo y creador, se da en un segundo paso, y como lógica consecuencia, el rechazo o distanciamiento del Orden cósmico, el Orden originado, creado o manifestado. Expresado en la terminología de la teología judeocristiana, el alejamiento o desprecio del Creador, la hostilidad hacia Él, no puede sino conducir a un alejamiento o desprecio de su Creación, una hostilidad hacia su Obra, hacia su Creatura. De la misma forma que, en sentido inverso, podemos comprobar que una hostilidad hacia la Creación lleva a una hostilidad hacia el Creador, hacia el Principio metacósmico del cual surge dicha Creación, que la sostiene y la hace posible, estableciendo el orden que reina en ella.

El desorden entraña siempre una ruptura, violación o violentamiento del Orden cósmico. Por pequeño que sea o por intrascendente que parezca, todo desorden (moral, intelectual, emocional, sexual, corporal, biológico, racial, etc.) supone atentar contra el orden sacro de la Creación. Significa romper, deshacer, minar y profanar el Orden querido por Dios. Una vida desordenada perturba y quiebra el ritmo sagrado del Cosmos: se sale de ese ritmo, desconecta de él o incluso va contra él, para incurrir en una arritmia vital muy dañina, sumamente contagiosa, tan dolorosa como peligrosa.

Ya se trate de un desorden por exceso o por defecto, por acción u omisión, por activa violencia o por dejadez e incuria, hay en él una lesión más o menos grave de la armonía universal, un desarreglo o desajuste de efectos perturbadores y que arrastra tras de sí otros trastornos, alteraciones y perturbaciones con los cuales se acentúa y agrava aún más el desorden inicial, generando así un círculo vicioso de consecuencias imprevisibles. Es el círculo vicioso del desorden en el que tantas veces nos vemos atrapados los seres humanos por nuestra imprevisión, nuestra ignorancia, nuestra inconsciencia y nuestra estulticia.

Si miramos las cosas a fondo, veremos que en el desorden hay como una ausencia o pérdida de los principios, los principios que constituyen la base del desarrollo ordenado de cualquier acción, fenómeno o realidad. Se trata de una ausencia o pérdida que puede ser más o menos importante, de mayor o menor amplitud y gravedad, ligera y parcial o profunda y total, y que viene a ser consecuencia de la ruptura o pérdida de la conexión con el Principio: ya sea por haber perdido la consciencia de dicho Principio (en el que tienen su origen y su sede todos los principios, sea cual sea el ámbito de la realidad al que resulten aplicables) o por no haber tomado en cuenta su permanente Presencia (sosteniendo y dando vigencia a todos los principios). Lo cual se traduce en un curso desprincipiado del actuar y del vivir. Se da un desprincipiamiento que resulta equivalente a un desquiciamiento (pérdida del quicio), un descentramiento (pérdida del centro), un desenraizamiento (pérdida de las raíces) o un desenrazonamiento (pérdida de la razón o las razones que deberían guiarnos), e incluso una desconsagración, desacralización o profanación (pérdida del sentido sagrado).

Desorden viene a ser, pues, sinónimo de desprincipiamiento, con todo lo que esto lleva consigo en cuanto a la generación de problemas, dificultades y males de toda índole. Es, por definición, el desprincipio, sinprincipio o antiprincipio: una rebeldía contra el Principio y los principios; rebeldía abierta o soterrada, consciente o inconsciente, que puede revestir mayor o menor gravedad según los casos, pero que siempre incluirá el rechazo de lo principial y lo principiador, con lo que esto implica de negatividad y potencial destructivo

Si orden equivale a realidad principiada (sea esta realidad del tipo que sea), desorden quiere decir realidad desprincipiada: expresión, organización, estructura, acción y vida desprincipiadas. Si el término “orden” significa organización de las cosas sobre principios sólidos, verdaderos y bien fundados, la palabra “desorden” debe aplicarse a una situación o un estado de las cosas carente de principios, sin principios que sean realmente tales.

De ahí el carácter negativo y destructor del desorden, pues sin principios nada puede funcionar. Los principios son los que hacen posible, en cualquier plano o ámbito de realidad, el buen orden y, con él, el buen funcionamiento de las cosas, así como la firmeza y solidez de las construcciones, sean éstas de una u otra naturaleza (arquitectónicas, intelectuales, sociales, culturales o vitales: por ejemplo una familia o una amistad).

Busquemos, pues, los principios para poder encontrar el orden. Y no unos principios cualesquiera, que nos puedan parecer o venir bien por estar de acuerdo con nuestros intereses o nuestras opiniones, sino los verdaderos principios, que son de naturaleza suprahumana, que pueden ser descubiertos, conocidos y reconocidos, aceptados y asumidos –siempre y cuando no se tenga una mente pervertida o corrompida–, pero que no pueden ser inventados ni construidos por los hombres.

Asentemos nuestra acción y nuestra vida en esos principios trascendentes, perennemente válidos y vigentes, y tendremos por añadidura el orden, todo el orden de que podamos disfrutar, el orden extendido a las diversas áreas, aspectos y facetas de la existencia. Vivamos con firmes principios y habremos vencido a las fuerzas del caos y el desorden.

Antonio Medrano

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