Nacimiento de Cristo

La Navidad, el Solsticio de Invierno, fiesta de orígenes remotos, cuyas raíces se remontan a la más lejana Prehistoria, celebra el nacer o renacer del Sol en medio de la oscuridad invernal. Esta fecha tan simbólica marca el triunfo del Sol, la victoria de la Luz, lo que es tanto como decir la victoria o triunfo de la Vida.

En el mundo cristiano ese Sol que nace o renace es Jesús, el Cristo, el Redentor y Salvador. Las fiestas de la Navidad celebran el nacimiento del Christus o Khristós,”el Ungido”, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, Sol eterno o Sol del mundo, ocurrido hace ahora veintiún siglos. Es la Epifanía o Manifestación divina, auténtica y sublime Teofanía, esto es, la aparición o manifestación de la Divinidad en la que se encierra el misterio de la Encarnación, esa verdad fundamental del Cristianismo según la cual Dios se encarna, se hace hombre, desciende de las alturas divinas para vivir sobre la Tierra y traer a los hombres un mensaje de amor, paz y redención. El verbo griego epiphaínein, que significa “manifestar” o “poner de manifiesto”, viene de phaínein, que tiene el sentido implícito de “hacer que algo sea visible mostrándolo a la luz, donde brilla”.

Los Evangelios no dicen nada sobre la fecha de tal nacimiento de Cristo, pero la Iglesia lo fijó en el 25 de Diciembre para aprovechar el sentido simbólico de la festividad romana del Sol Invictus, ya que Cristo es justamente el Sol invencible que nace para iluminar y redimir a la Humanidad. Se establecía así una conexión con la antigua tradición europea, de lejano origen nórdico, cuyo eco se conserva en el nombre que la Navidad recibe en las lenguas escandinavas (Jul) y en muchos de los elementos simbólicos característicos de las fiestas navideñas.

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