Sabiduría Activa


Sinopsis

Frente a la contemplación muchos han contrapuesto la acción como vía más adecuada para mejorar el mundo, pero nada queda más lejos de la realidad que esa falsa disyuntiva.

Acción y contemplación son dos caras de la misma moneda que se complementan con el nexo indestructible de la verdad.

El presente libro marca las directrices para conseguir una acción sabia, inteligente y sensata como fuerza liberadora del hombre, a la vez que señala la importancia de la verdad a la hora de fundar las propias acciones.

En una época consumida por el activismo febril, nada podría ser más interesante. Toda una propuesta para modelar y reorientar la propia vida al calor de una visión rigurosa, de gran altura espiritual y filosófica.


Extracto de la obra

La primera condición que debe reunir la acción para desarrollarse de manera correcta es la subordinación a la verdad. Toda obra o actividad humana, sea del tipo que sea y con independencia de su importancia o del plano en el que se desarrolle, tiene que fundarse en la verdad, la cual le marcará las normas y condiciones a que se ha de ajustar. Esta formulación podrá parecer demasiado teórica y abstracta, poco útil y mínimamente aplicable a la vida cotidiana, pero a medida que vayamos entrando en materia, iremos captando su enorme trascendencia y su tremendo valor práctico.

Para que sea digna del hombre, la acción ha de ser siempre una acción inteligente: no ha de obedecer a la pasión, sino a la claridad y objetividad intelectual; ha de seguir en todo momento la pauta que le marca la inteligencia, la cual a su vez cumple su misión natural cuando tiene por norte la verdad. “La verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre”, afirma el Papa Juan Pablo II en su encíclica Spendor Veritatis, donde subraya el tremendo poder de la verdad como fuerza que permite al hombre desarrollar una acción sana, libre e inteligente.

Ninguna de las acciones que realizamos a lo largo del día puede ser irracional, estúpida o idiota, menos aún delirante o demencial. Todas ellas tienen que ser siempre sensatas, racionales, sagaces y prudentes, pues sólo así pueden ser correctas y diestras. Todo lo que sea apartarse del criterio inteligente y racional, daña a la acción y a su autor. Es éste un principio que Leonardo da Vinci- aquel hombre bueno, sabio y artista, cuyo aspecto recuerda al de un viejo druida y cuya vida se desarrolló bajo el signo del águila, ave simbólica del sol y de la sabiduría- supo plasmar en bella fórmula, cuando declaraba que su máxima aspiración consistía en ser “obrero de la inteligencia”. 

Todo cuando se piensa, se dice y se hace o se produce (esto es, se crea, fabrica, construye) debe hacerse de una manera inteligente, buscando siempre lo mejor, esforzándose por conseguir una obra bien hecha. La tríada platónica del bien, la verdad y la belleza, debería constituir el objeto o móvil inspirador de todos y cada uno de nuestros movimientos del cuerpo y del alma. No hay que olvidar que el movimiento es acción y que la acción es movimiento; toda acción supone, en definitiva, un movimiento en el que van implicados tanto el cuerpo como el alma. Y la inteligencia y la verdad son la garantía de que ese movimiento se hará con orden, reflejando el bien y la belleza.

Por desgracia, esto, que debiera ser la norma, es más bien una rara excepción. Pues, por lo general, los seres humanos prefieren actuar de manera poco inteligente, a menudo manifiestamente estúpida, incluso como dementes o lunáticos, sin tener en cuenta para nada

la orientación que proporciona la verdad. Y más aún en estos tiempos confusos y convulsos en que vivimos, en lo que se acentúa al máximo la estupidificación de las masas y se registra una auténtica epidemia de locura colectiva: locura que va desde el consumismo y la búsqueda alocada del placer material a la proliferación de las sectas más absurdas y grotescas, desde el culto al dinero a la obsesión deportiva capaz de estallar en violencia asesina, desde la extensión arrolladora de la drogadicción o la idolatría de personajes despreciables a la práctica del genocidio y la autodestrucción.

No es que la acción sabia, racional e inteligente haya sufrido de repente un retroceso y se haya convertido como por ensalmo en una rareza. Ya lo era en tiempo de Leonardo, cuando se incia la crisis espiritual de Occidente, pero hoy la línea de declive ha avanzado considerablemente y está llegando a su punto más bajo, con la lógica consecuencia, que es el agravamiento de todos los fenómenos de descomposición. Lo que, entre otras cosas, se traduce en un incremento y afianzamiento de la acción ignorante y ciega, necia y alocada, contraria a la verdad.

Cosa inevitable en un mundo dominado por el individualismo, en el que se pone en duda o se niega pura y simplemente la existencia de una verdad objetiva, y en el que el subjetivismo proclama su poder absoluto. Mundo cuya tendencia dominante responde a lo que Sciacca llamó l’oscuramento dell’intelligenza, “el oscurecimiento de la inteligencia”: un ambiente caliginoso en el que la verdad y la sabiduría se ven suplantadas por opiniones subjetivas ingeniosas (la doxa de la filosofía helénica, como opinión arbitraria, ajena e insensible a la verdad); un clima inhóspito donde cada cual funciona a su antojo y todo se hace guiándose exclusivamente por apetencias, deseos e impulsos irracionales, sugestiones mentales, prejuicios e ideas preconcebidas. El deseo interfiere de forma continua en el campo de la inteligencia, imponiendo su ley al pensamiento y desvirtuando así su normal funcionamiento. Lo curioso es que todavía haya quienes pretendan poner remedio a tal situación de desorden apoyándose en esa misma acción irracional e insensata que la ha ocasionado.

La verdad es la raíz y fundamento de la acción, la fuente misma de la actividad justa, recta y sana. Todo cuanto podamos pensar, decir o hacer debe partir de la verdad y apuntar a la verdad; debe estar inspirado en la verdad e ir enfocado hacia la verdad. Sin esta supeditación a la verdad, la actividad humana, ya sea individual o colectiva, pierde su legitimidad y su sentido. No puede ser de otro modo, pues la capacidad activa del hombre, su vida entera y su mismo ser, tienen como principio y fin último la Verdad.

Pero a todo esto, ¿qué ha de entenderse por “verdad”? Cuando decimos que nuestra acción debe ajustarse a la verdad y guiarse por ella, ?a qué verdad nos estamos refiriendo? ¿Cuál es esa verdad que resulta tan decisiva para nuestra vida activa? La verdad a todos los niveles, en sus diversas modalidades, grados de expresión o formas de manifestación: desde la Verdad absoluta, principal e increada, a la verdad relativa, creada, principiada, condicionada por el tiempo y el espacio; desde la verdad objetiva que nos llega desde fuera, del entorno en que vivimos, a la verdad subjetiva que nos habla desde dentro, desde el fondo de la conciencia; desde la verdad vital y personal, aprendida por la propia experiencia, a la verdad doctrinal, que se nos transmite por quien tiene autoridad para ensenárnosla o comunicárnosla; desde la verdad fáctica (la verdad de los hechos, la realidad tal cual es y no como nosotros quisiéramos verla) a la verdad lógica o racional; desde la verdad científica o matemática (siempre y cuando sean realmente tales, y no meras opiniones o conjeturas) a la verdad ética y estética, aquella que se ajusta al buen gusto y al buen sentido, que nos muestra lo que está bien, o lo que es bello y justo, y lo que está feo, lo que es incorrecto, indecoroso e injusto. La verdad como algo que percibe o descubre la mente, pero también la Verdad como Principio que alumbra la mente y le permite reconocer lo que es verdad y distinguir lo verdadero de lo falso.


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