El final del Kali Yuga

Una pregunta que suele plantearse con frecuencia, y que emerge más de una vez en nuestra mente sin que podamos evitarlo, al ver el grave desequilibrio, los desórdenes de todo tipo y los grandes males que se multiplican por doquier en el Kali-Yuga, la fase final del actual ciclo de la Humanidad, es cuándo finalizará este Kali-Yuga, esta “Edad Oscura”, “Era Negra”, “Edad del Hierro” o “Era del Lobo”.

 

Pregunta a la que es difícil, si no imposible, responder, pues como enseñan los textos sagrados y numerosos maestros espirituales, sólo Dios sabe cuándo terminará el Kali-Yuga o “Era tenebrosa”. Conocer tal cosa está fuera de nuestro alcance.

 

Algunos autores, basándose en las indicaciones de la cosmología hindú, calcularon ya a mediados del siglo XX, que el fin del Kali-Yuga tendría lugar aproximadamente hacia el año 2020 o 2030, aclarando no obstante que se trataría tan sólo del principio del fin. Es decir, que en torno a esas fechas del siglo XXI sucederían acontecimientos y fenómenos en los que se haría patente la proximidad o inminencia del cierre del ciclo actual.

 

En un libro publicado en 1973, Jean Phaure situaba la terminación del Kali-Yuga entre los años 2012 y 2160, señalando que en el 2008 comenzaría “la Gran Tribulación”. Y a este respecto, conviene recordar que en dicho año 2008 estalló la gran crisis económica que tuvo una repercusión mundial y que arruinó a muchísima gente, sufriéndose sus consecuencias todavía en numerosos países, que no han conseguido todavía salir del tremendo hundimiento que tal crisis produjo. Ya en 1498, en el ambiente de la Italia renacentista, Pico della Mirándola, había pronosticado que dentro de 514 años tendría lugar una gran conmoción, que podría considerarse el anuncio o inicio del fin del mundo: si sumamos 514 a 1498, obtenemos justamente la cifra 2012.

 

En 2012, cuando aún se sufrían las consecuencias de la crisis del 2008, tuvieron lugar, hecho muy sintomático y simbólico, asesinatos en masa en varios países, como los Estados Unidos, siguiendo con una inveterada línea de violencia y demencia social, y comienza la cruenta ofensiva del terrorismo islámico contra Francia, que se iría acentuando en años posteriores, y se intensifica también su acción en otra naciones europeas, como Rusia, donde destaca la masacre de Moscú, al ser asaltado el Teatro Dubrovka, con centenares de muertos, la mayoría niños. Ya en 2011 el principal aeropuerto de Moscú había sido objeto de un mortífero ataque suicida islamista, con infinidad de muertos y heridos.

 

Pero las apuntadas teorías sobre la fecha del final del Kali-Yuga no son sino especulaciones más o menos fundadas, que uno puede aceptar, criticar o rechazar, pues dependen de la mayor o menor exactitud de los cálculos que se hayan hecho, y que no afectan a lo esencial y prioritario. Lo cual no puede ser sino aquello que hace referencia a la actitud a adoptar ante “el fin de los tiempos”, cosa que afecta de manera especial a nuestra realización espiritual y al bien de todos, a la salvación de la sociedad en la que vivimos. Lo fundamental, lo esencial y medular, independientemente del avance más o menos rápido de la crisis, es el bien, el orden, la paz y la luz que podamos aportar cada uno de nosotros en estos tiempos difíciles.

 

Antes de seguir adelante, hay que advertir que al hablar del fin del Kali-Yuga no se está hablando del fin del mundo, como tantas veces suele pensarse, sino tan sólo, y no es poco, del fin de un mundo. Y este mundo, cuyo fin irá acompañado del final de un gran ciclo histórico-cósmico, no es otro que el mundo en el que actualmente vivimos, el mundo forjado por la moderna civilización occidental, que hoy día se ha expandido a la práctica totalidad del planeta. Este mundo –o inmundo, como se ha apuntado en más de una ocasión– que ha impuesto su poder a nivel planetario, es el que, con sus concepciones, sus sistemas y mecanismos, sus estructuras e instituciones, sus recursos materiales y sus adelantos técnicos, su mentalidad y su forma de vida, se ve amenazado con la quiebra total y la desaparición definitiva.

 

Hay que tener en cuenta que, dada la velocidad crecientemente acelerada que en los últimos tiempos ha adquirido el devenir histórico –hoy día ocurren en el espacio de pocos años cambios y procesos que antes tardaban siglos en producirse–, no nos deben sorprender los estallidos, las alteraciones, los trastornos, las conmociones y las sacudidas bruscas que quizá lleguemos a contemplar en fecha no muy lejana y que hoy no podemos siquiera imaginar.

 

No sabemos ni podemos saber cuándo concluirá definitivamente la fase terminal del Kali-Yuga en la que actualmente nos encontramos (el Kali-Yuga del Kali-Yuga, como certeramente ha sido definida tal fase terminal). Lo que sí sabemos es que el final del Kali-Yuga está próximo y que vendrá acompañado por grandes cataclismos, por atroces convulsiones, por catástrofes y perturbaciones aterradoras que sepultarán el actual mundo decadente, caótico, rajásico y tamásico, nefásico y desprincipiado que ha pretendido construir su civilización prepotente e inhumana dando la espalda a la Sabiduría, al Orden universal y a la Realidad espiritual.

 

Se dará una acentuación explosiva de todos los fenómenos negativos y sumamente destructivos que se han ido manifestando desde hace años, síntomas característicos del Kali-Yuga: crisis medioambiental y catástrofes naturales (inundaciones, seísmos y erupciones volcánicas, tsunamis que todo lo arrollan, incendios de dimensiones terroríficas, sequías y hambrunas, alteraciones en el clima con graves repercusiones de todo tipo); la sombra siniestra de la anarquía violenta y vandálica, la rebelión sistemática y la violencia callejera, así como del terrorismo, con una capacidad destructiva y aniquiladora cada vez mayor (la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York el 11-S de 2001 fue un aldabonazo que hacía entrever lo que se prometía en un no lejano horizonte); difusión y crecimiento exponenciales del consumo de drogas, el comercio cruel con seres humanos, el narcotráfico y la delincuencia organizada (mafias con un poder a veces superior al de los gobiernos, estando a veces infiltradas en ellos o incluso fundidas y confundidas con sus dirigentes); guerras civiles y conflictos bélicos, agravados por la proliferación de las armas de destrucción masiva (nucleares, químicas y bacteriológicas); crisis económica y energética (ruina y destrucción de la economía en los países más avanzados, con las consecuencias de paro, miseria, empobrecimiento generalizado y violentos conflictos sociales); explosión de centrales nucleares (por una u otra causa, ya sea por accidentes, atentados o catástrofes naturales, como ya ocurrió en Chernóbil y Fukushima); inmoralidad, corrupción, indignidad, inepcia, incompetencia y mediocridad crecientes de los dirigentes (llegando a instaurarse el gobierno de los peores, que no sabrán o no querrán afrontar los graves problemas que tienen ante sí, sino que los acentuarán y agravarán); degradación y desmoralización cada vez más acentuadas de la sociedad (hedonismo, narcisismo, banalidad y frivolidad, egocentrismo, estupidez generalizada, nihilismo, idiotización y embrutecimiento de los individuos y de las masas); crecimiento arrollador de las ideologías y la propaganda, que lo invaden todo, imponiendo la dictadura de la mentira, la manipulación de las mentes y las conciencias (el bombardeo ideológico-propagandístico deforma y falsea la realidad, desintegra y fanatiza a la sociedad, siembra el odio y el resentimiento, atonta, anestesia y envilece al ser humano, con el inevitable resultado de asfixia y retroceso de la libertad); abandono de los campos, los pueblos y las zonas rurales, con la desaparición progresiva de la agricultura y la desertización de regiones antes fértiles, unido todo ello a un preocupante descenso de la natalidad (envejecimiento de la población, suicidio demográfico); emigraciones masivas, con invasión de numerosos países por gentes de razas o culturas extrañas, incluso hostiles, a la cultura nacional (como, por ejemplo, la creciente islamización de Europa); revoluciones sangrientas, con la instauración de sistemas opresivos, despóticos y tiránicos (con lo que ello implica de represión, destrucción de todo lo digno y valioso, crueldad, robos y extorsiones, incautaciones y expropiaciones, violencia y violaciones, torturas y asesinatos, miseria y muerte en definitiva); aparición y propagación de enfermedades que no se sabrá como curar ni combatir, junto con plagas y pandemias que se verán favorecidas por la globalización y la nivelación impuestas por el mundialismo.

 

Basta pensar en lo que supondrá para el mundo actual la confluencia de todos o muchos de estos fenómenos destructivos, intensificados y agravados al máximo, teniendo que ser afrontados por unas sociedades y unos grupos humanos que van a la deriva, inermes y sin defensas ante tantas y tan graves catástrofes, completamente desconcertados y desorientados, sin saber cómo reaccionar ante sucesos de tal magnitud y sin llegar a entender por qué pasa lo que está pasando.

 

En cualquier caso, ésta –de cuándo será el fin del Kali-Yuga– es una cuestión con la que no hay que obsesionarse ni perder demasiado tiempo pensando en ella. Hay cuestiones más importantes, más urgentes y decisivas, que abordar y sobre las cuales debemos centrar ante todo nuestra atención. Entre otras, cómo vamos a responder o cómo estamos respondiendo ante el ambiente negativo y caótico dominante en el Kali-Yuga, que no hará sino agravarse cada vez más; qué actitud debemos adoptar y qué acción debemos llevar a cabo ante el desorden que vemos a nuestro alrededor y que no sólo avanza en torno a nosotros, sino que penetra incluso en nuestro interior y nos impregna de muchas maneras.

 

La grave epidemia del implacable virus que sufrimos actualmente, extendida a escala mundial, con todas las tremendas y trágicas repercusiones que está teniendo en todos los órdenes, con los espectáculos terroríficos, luctuosos y siniestros que muestra a nuestros ojos y que jamás podíamos haber llegado a imaginar, nos puede dar una idea del ambiente que puede rodear al final del Kali-Yuga. ¿No será este letal flagelo universal que estamos sufriendo el inicio o primer paso de ese final profetizado como próximo por la Ciencia sagrada? ¿Estamos ya, cómo se había anunciado hace ya muchos años, en el umbral de las postrimerías de la Edad Oscura?

 

Han surgido estos días múltiples teorías, de tipo conspirativo, especulando sobre si la mortífera epidemia que nos aflige se propone tal o cual objetivo en la lucha por el poder político y económico entre los distintos bloques o potencias que aspiran al dominio mundial. Puede que haya algo de verdad en tales especulaciones, aunque resulta bastante dudoso. Es posible que el inicio o foco germinal del problema se encuentre en sofisticadas investigaciones y manipulaciones científicas con el objetivo de producir armas letales para ser usadas en una posible guerra bacteriológica.

 

Pero en realidad, sea como fuere, sean cuales sean las causas reales de la epidemia del coronavirus, todo parece indicar que nos hallamos ante uno más de los enormes desastres provocados por los aprendices de brujo que han forjado esta civilización antinatural, anticósmica, antihumana y antiespiritual, y que la siguen controlando, convencidos en su soberbia narcisista de que la realidad está sometida a sus dictados (considerando que, en caso de conflicto entre la realidad y sus esquemas o dogmas ideológicos, es la realidad la que se equivoca). Convencidos también de que han conseguido construir el mejor de los mundos posibles con su progreso incesante e imparable (despreciando todo lo pretérito, lo anterior en el tiempo, toda la rica y sabia herencia del pasado, desechado todo ello como fruto de la ignorancia, la vileza, la estupidez y la superstición) y firmemente asentados en la supersticiosa convicción de que pueden dominar y controlar a su antojo el Cosmos, la Creación, la Naturaleza y la Vida.

 

La actual epidemia universal, que siembra la muerte, la angustia, el miedo y la ruina por doquier, no es sino el resultado de la epidemia espiritual, intelectual y moral que la moderna civilización occidental, racionalista, individualista y materialista, ha contagiado al resto del mundo. No es casualidad que el origen de tan mortífera epidemia esté en China, el gran país que tuvo antaño una floreciente, sabia y alta tradición espiritual, pero que en el siglo XX sufrió de forma arrolladora y exterminadora el contagio invasor de una de las vertientes más nefastas de dicha epidemia de origen occidental, como es el marxismo-leninismo. Tras la Segunda Guerra Mundial la nación china, el antiguo Imperio del Medio, fue invadida y envenenada por el virus criminal de la ideología comunista, surgido en Europa y luego mutado en su variante maoísta, que causó millones de muertes desde los primeros años en que impuso su tiranía y que posteriormente se iría extendiendo a otras muchas naciones de Asia (Corea, Vietnam, Laos, Camboya, Sri Lanka, el Tíbet), dejando en todas ellas un rastro de muertes, destrucción, tiranía y sufrimientos indecibles. Este virus ideológico, de color rojo sangriento, ha resultado mucho más mortífero que el funesto coronavirus o Covid-19 que actualmente sufrimos

 

El origen de esta epidemia mundial en el extenso y superpoblado territorio de la China comunista es todo un símbolo del negro proceso en el que estamos inmersos. Un símbolo que hay que saber captar, apreciar y entender en todo su hondo significado. Es como si la maldición que Occidente, en su prepotencia y engreimiento, lanzó sobre Oriente y sobre otras muchas zonas del planeta, volviera ahora sobre nosotros como un funesto y sombrío bumerán rebotado por la inevitable lógica de la Némesis histórica o la ley del karma.

 

Esta epidemia planetaria, con su oleada de muertes, ha ocurrido justamente cuando muchos corifeos y heraldos del porvenir, fascinados por las excelencias del sistema imperante, enarbolando la bandera de la fe en el progreso y los esquemas mentales inculcados de forma masiva, pregonaban que ya estábamos casi a punto de vencer a la muerte y conseguir la inmortalidad gracias a los increíbles avances de la ciencia. Tan insensatas elucubraciones traen a la memoria la promesa lanzada a los cuatro vientos por la ideología marxista-leninista, según la cual en la futura sociedad comunista ya no habría muerte: ésta habría desaparecido a consecuencia del triunfo del materialismo dialéctico y sus grandes logros científicos.

 

Los acontecimientos tristes, dramáticos, luctuosos y terribles que estamos afrontando, y los mucho más terribles que tendremos que afrontar en el futuro, son una oportunidad para el despertar. Para nuestro propio despertar personal y para el despertar de esta sociedad desfalleciente en la que vivimos, sumida en un sueño letal y funesto, y que es nuestro deber y misión sacar de su letargo, para salvar todos los valores imperecederos de la gran Tradición europea que en ella perduran muy a su pesar y a menudo reprimidos y soterrados.

 

Per ardua ad astra, “a través de lo arduo y penoso hacia las estrellas”. Este antiguo, lúcido y sabio lema es el que debería guiarnos en estos momentos. He aquí la senda dura, escarpada y difícil, pero también imperiosa, al tiempo que fascinante y liberadora, que se abre ante nosotros. Este es nuestro destino, el que nos señala desde lo alto nuestra Estrella. En medio del arduo, osco y tenebroso panorama que se ofrece ante nuestros ojos hemos de permanecer firmes y animosos, avanzando sin titubear por la ruta solar, la senda sagrada que conduce hacia el Sol eterno, aportando a la Humanidad el mensaje luminoso que irradia ese Sol supremo, cuyos rayos alumbran y aclaran el ambiente oscuro de la “Era tenebrosa” (la “selva oscura” de la que habla el Dante: esta selva selvaggia e aspra e forte / che nel pensier rinova la paúra; “esta selva salvaje, áspera y fuerte / que en la mente renueva el temor”).

 

La letal epidemia que actualmente sufrimos en todo el mundo es el anuncio de lo que se avecina. La labor de los amantes de la Sabiduría, de todos aquellos que no han perdido la fe y la confianza en la fuerza del Espíritu y en la potencia vivificante de lo Sagrado, es prepararse para afrontar de forma sabia, justa y correcta toda esta gran conmoción universal, y sembrar o ir acondicionando así el terreno para la nueva Aurora, el ya cercano Amanecer. Nuestra misión y nuestro deber es abrir, cimentar, construir y preparar los caminos y puentes que conducirán a la futura Edad de Oro, era de paz y armonía, de libertad y unidad, de autenticidad y plenitud, que vendrá con el renacimiento de la Sacralidad y el triunfo irradiante de la Sabiduría. Una realidad que deberá realizarse y hacerse ya presente en nuestros corazones.

 

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Hace unos días, en estos momentos de preocupación, angustia y zozobra, he abierto al azar el libro de los Proverbios, uno de los libros sapienciales de la Biblia, y ante mí he visto surgir un texto fulgurante cuyas palabras resonaban como una descripción del ambiente actual, sobre todo a la vista de lo que está sucediendo en España, uno de los países más castigados por la actual pandemia, con ribetes trágicos, macabros e indignantes, al estar nuestro país dirigido por una tropa de individuos siniestros, narcisistas y egocéntricos, ignorantes, insolentes, incompetentes e irresponsables, llenos de odio y soberbia, necios demagogos y sectarios que nada respetan, con una mente pervertida por la ideología de extrema izquierda. Aunque estas palabras son en realidad aplicables al mundo y la civilización actuales en su globalidad. No puedo menos de reproducir un fragmento de este texto poético y profético al que se suele dar el título de “Pregón de la Sensatez” o “Discurso y amonestación de la Sabiduría” (Prov. I, 20-33).

 

El fragmento a que hago referencia, entresacado de los proverbios y enseñanzas del Rey Salomón, nos muestra a la Sabiduría o la Sensatez “clamando en las calles y alzando su voz en las plazas” para despertar a una sociedad desprincipiada y desnortada, en la cual sus corruptos dirigentes y las masas que les siguen dócilmente viven en la ignorancia, en la ceguera espiritual, descarriados y sumidos en toda clase de vicios y aberraciones.

¿Hasta cuándo, inexpertos, amaréis la inexperiencia,

y vosotros, insolentes, os empeñaréis en la insolencia,

y vosotros, necios e insensatos, odiaréis el saber?

Volveos a escuchar mi reprensión,

y os abriré el corazón comunicándoos mis palabras.

Os llamé, y no quisisteis oír;

extendí la mano, y no hicisteis caso;

rechazasteis mis consejos,

no escuchasteis ni aceptasteis mi recriminación;

pues yo me reiré de vuestra desgracia,

y me burlaré cuando os alcance el terror.

Cuando os llegue como huracán de destrucción lo que teméis,

cuando os alcancen la angustia y la aflicción,

entonces me llamaréis, y no responderé;

me buscaréis, y no me encontraréis.

Porque aborrecieron la Sabiduría,

y no escogieron el respeto del Señor,

comerán el fruto de su conducta,

y se saciarán de sus planes.