Centenario del fin de la Gran Guerra (1919-2019)

En 2018 se ha conmemorado el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, la llamada Gran Guerra, y en este 2019 conmemoramos la firma del Tratado de Versalles que puso fin a la contienda, imponiendo a las potencias vencidas unas condiciones tan abusivas, abyectas, opresivas y vejatorias que sembrarían el germen de la Segunda Guerra Mundial.


Es ésta una conmemoración importante, que invita a muy serias reflexiones, no sólo por la gran significación de los hechos que conmemoramos, sino también por la forma en que se conmemoran, por el modo en que se habla de ellos y la forma sesgada, tendenciosa y torticera en que se los interpreta. De nuevo nos vemos sometidos al bombardeo propagandístico. Aunque, bien es verdad, que esta vez dicho cañoneo no ha sido tan intenso como en 2014, en la conmemoración del inicio de la Guerra del 14, ni se han lanzado frases y lemas tan rimbombantes como entonces. Y ello, por razones obvias, dada la forma vergonzosa y canallesca en que las potencias vencedoras pusieron fin a la guerra, con unas actitudes, unas decisiones, unas imposiciones y unas vejaciones que sembrarían el germen del próximo conflicto bélico, hecatombe mucho mayor aún.


1.- La Guerra del 14 y la victoria de la libertad.


Es importante reflexionar a fondo y con el máximo rigor intelectual sobre un capítulo tan importante en la Historia de la Humanidad. Hay que situarse con lucidez y altura de miras ante estos hechos realmente decisivos para Europa, Occidente y el Mundo, tratar de comprender lo que significan desde una alta perspectiva y con una visión objetiva. Pero, desgraciadamente, las reflexiones que se nos ofrecen poco pueden aportar para esta visión objetiva, honda y rigurosa, completa, bien aquilatada, serena y ecuánime, y por lo tanto difícilmente van a ayudarnos a conseguir una recta comprensión de tales acontecimientos. Más bien ocurre todo lo contrario, inducen a error, nublan la visión, nos mienten y engañan de la forma más grosera, lo confunden y entenebrecen todo.


Hay que reconocer, no obstante, que en esta ocasión ha habido numerosos autores y han abundado los artículos y los trabajos que han llamado la atención sobre lo injusto y nefasto que fue el Tratado de Versalles, al igual que el resto de los tratados suscritos con el resto de las naciones vencidas. Pero los comentarios que seguimos oyendo y leyendo a todas horas sobre el significado histórico de la Primera Guerra Mundial son simples lugares comunes, vulgaridades, manidas frases hechas (vacías e inanes, carentes del menor rigor intelectual, alimentadas por la ignorancia), burdas simplificaciones, lemas insustanciales archirrepetidos, vacuidades y simplezas triviales, cuando no necedades o sandeces, falsedades manifiestas, afirmaciones demagógicas, elucubraciones que suponen una manipulación, deformación y tergiversación inaceptables de la realidad.


Tan importante conmemoración, ésta del final de la Gran Guerra y la falsa paz que le siguió, en la que se unen las dos fechas de 1918 y 1919, debiera propiciar una mirada imparcial, sosegada, ponderada y profunda de la realidad que se manifiesta o se oculta –pues ambas cosas se dan al mismo tiempo como algo propio de los fenómenos humanos– en esos momentos tan trascendentales, tan sangrientos y destructivos, que han marcado el destino de Europa y de Occidente en los últimos tiempos. En vez de dar a lugar a panegíricos triunfalistas y mendaces proclamas propagandísticas sobre los grandes avances que trajo para la Humanidad el final de la Guerra del 14, celebrando cómo la guerra supuso el triunfo de la libertad y festejando la supuesta reconciliación (hoy día felizmente lograda) de las naciones que otrora lucharon entre sí, ufanándose y haciendo ostentación de ella –una reconciliación tan false e hipócrita como es falso e hipócrita el mundo o inmundo que la pregona a los cuatro vientos–, este primer centenario del fin de la Gran Guerra debiera servir para reflexionar y meditar en profundidad sobre lo que significó realmente tan lúgubre, sombrío y cruel acontecimiento en la Historia de la Humanidad, así como para tratar de vislumbrar sin prejuicios y con ánimo de verdad cuáles fueron sus causas, los factores que provocaron o hicieron estallar esa explosión de odio y destrucción, así como examinar sus funestas consecuencias, consecuencias que todavía seguimos sufriendo en la actualidad.


De acuerdo a la interpretación impuesta por la propaganda, el fin de la Guerra del 14, que terminó con la victoria de las potencias aliadas contra los Imperios centroeuropeos (las llamadas “potencias centrales”, die Mittelmächte) constituyó un significativo y glorioso avance del progreso, pues supuso el triunfo de la libertad y la democracia. Esa terrible contienda, que significó el suicidio de Europa y marcó el inicio del fin de su protagonismo histórico en el mundo, es presentada de forma insistente y casi unánime, con muy contadas y honrosas excepciones, y con arreglo a un esquema extremadamente simplista que todo el mundo repite con inconsciente euforia, como el enfrentamiento inevitable entre los estados y pueblos belicistas, inclinados a la guerra, hostiles frente a las demás naciones, despóticos y enemigos de la civilización, por un lado, y las naciones amantes de la paz, regidas por gobiernos responsables y conscientes de su deber, defensoras de la civilización y de los más sagrados derechos, por el otro.


Este es, pues, de acuerdo al burdo y pueril enfoque pergeñado por los vencedores, el hondo y alto significado de la Primera Guerra Mundial: la lucha que ensangrentó los campos de Europa es, pura y simplemente, la lucha entre la libertad y la tiranía, entre la democracia y el despotismo, entre la civilización y la barbarie, entre la razón y la sinrazón, entre la virtud y la corrupción (o el vicio congénito), entre el bien y el mal, entre la humanidad y la violencia inhumana, entre el oscurantismo retrógrado y opresor y la ilustración progresista y liberadora.


Según la interpretación hoy día dominante, la cual constituye un dogma que nadie se atreve a discutir, las dos guerras mundiales representan un paso de gigante en la marcha ascendente de la Humanidad. Ambas guerras de ámbito mundial han constituido un hito decisivo en la dolorosa pero finalmente exitosa gestación y configuración de un mundo mejor, más libre, pacifico, seguro y feliz. Gracias a ellas, no sólo Europa, sino todo Occidente y la Humanidad en general se han liberado tanto de rémoras que obstaculizaban su progreso como de tendencias políticas inadmisibles, errores perniciosos que había que corregir de raíz y males gravísimos que se venían arrastrando desde tiempo inmemorial y ponían en peligro la misma existencia de la civilización occidental.


Todo este conglomerado de ideas quedaba claramente plasmado en el discurso pronunciado por el Presidente Woodrow Wilson ante el Congreso de los Estados Unidos el 2 de Abril de 1917 al declarar la guerra a Alemania y sus aliados. En dicho discurso Wilson, que decidió finalmente la entrada de su país en la guerra tras una más que dudosa neutralidad, proclamó que el objetivo fundamental de la guerra no era otro que salvar la democracia. “Hay que hacer que el mundo quede a salvo y seguro para la democracia”, fueron sus palabras, que se han hecho célebres (the world must be made safe for democracy). “Es algo terrible conducir a este gran y pacífico pueblo a la guerra”, confesaba el Presidente americano, pero no queda otro remedio, añadía, que descender al campo de batalla, pues “el derecho es más precioso que la paz” (right is more precious than peace). Lo que está en juego, advertía Wilson, es nada menos que la civilización misma, junto con los valores y principios en que ésta se asienta.


Las dos grandes monarquías de Centroeuropa, con raíces centenarias ambas y con una larga tradición política, eran contempladas con desprecio y odio visceral, siendo consideradas enemigas del orden internacional y viendo en ellas dos potencias que ponían en peligro la paz de Europa y del Mundo. A los ojos de los políticos ingleses, franceses y norteamericanos, se trataba, tanto en el caso del Reich alemán como en el del Reich austro-húngaro, de anacrónicos y peligrosos residuos del pasado, engendros sumamente problemáticos que, por su autoritarismo, su articulación jerárquica, sus ínfulas imperiales, su militarismo, su larga herencia de despotismo y su incorregible inclinación a la violencia, había que barrer y borrar del mapa.


Reflejando muy bien esta mentalidad, el historiador inglés Hugh Thomas sostiene que el fin de la Gran Guerra significó “el colapso del despotismo monárquico” (the collapse of monarchical despotism), principal responsable de la guerra. Aunque fueron muchas y muy diversas las causas que están el origen de la guerra, afirma Thomas, la causa directa de la misma fue, sin lugar a dudas (undoubtedly), “el resultado de un error de cálculo” (the result of miscalculation). “Este error de cálculo se dio ante todo o principalmente (primarily) entre los déspotas monárquicos que por aquel entonces dirigían los asuntos de los países más poderosos”. Entre tales “déspotas monárquicos” descuella y figura en primer lugar, por supuesto, el Káiser alemán con sus “sueños de poder mundial” (dreams of world power), dictamina el citado autor. Evidentemente, la Corona británica no figuraba entre esas “monarquías despóticas”.


Ya en la actualidad, y dirigiendo ahora nuestra mirada a los solemnes actos conmemorativos de la efeméride, no pueden ser más significativas las palabras pronunciadas por Obama, el entonces Presidente de los Estados Unidos durante su visita a Europa, y más concretamente durante su paso por Bélgica, el 26 de Abril de 2014, con motivo de la conmemoración del inicio de la Gran Guerra. Refiriéndose a fecha tan señalada, en el homenaje a los caídos del bando aliado, el Presidente Obama insistió en la necesidad de rendir homenaje y mantener siempre vivos en la memoria a “quienes dieron su vida por la libertad”.


La misma idea era repetida por el Presidente Trump, años más tarde, en el homenaje tributado en 2018 a los combatientes americanos, ingleses y franceses que murieron heroicamente en la lucha contra los Imperios centrales, al afirmar que todos esos caídos del bando vencedor se inmolaron “defendiendo la civilización”. Por lo visto, la civilización se hallaba amenazada por la pérfida, cruel, bárbara y temible Alemania, junto a su aliada la maligna, mezquina y retrógrada Austria-Hungría, cuya historia y compleja realidad política muy probablemente Trump desconoce por completo. Ignoramos lo que el nuevo y flamante Presidente americano pueda saber sobre la Primera Guerra Mundial, pero quizá ni siquiera sepa que existía el Imperio Austrohúngaro, y que éste no sólo participó en la guerra, sino que fue el primero en declararla como respuesta a la grave agresión serbia.


He aquí las palabras de Donald Trump en su discurso pronunciado el 11 de Noviembre de 2018 en el cementerio de Suresnes, en el que están enterrados 1.000 soldados norteamericanos que perecieron en los duros combates que tuvieron lugar en tierras francesas durante la Primera Guerra Mundial: “Rendimos homenaje a los soldados americanos, caídos en defensa de los valores occidentales. Es nuestro deber proteger la civilización por la que ellos murieron”. Palabras realmente increíbles, que dejan estupefacto a cualquiera con un poco de sentido común y con un mínimo de cultura.


Estas proclamas de los dos últimos presidentes norteamericanos no hacen otra cosa que desenterrar los mensajes de la propaganda de guerra que se escucharon antes y después de 1914. Son las mismas ideas que bullían en la mente no sólo de Woodrow Wilson, el presidente que metió a Estados Unidos en la guerra, sino también en la mente de los dirigentes políticos, militares, económicos y financieros que le rodeaban y le asesoraban. Altamente significativo es el mensaje enviado por un alto mando militar yanqui que, celebrando la victoria, telegrafiaba a Wilson el 11 de Noviembre de 1918: “la autocracia ha muerto, vivan la democracia y su líder inmortal”.


Semejantes proclamas eufóricas y triunfalistas son ya un lugar común. Frases como las que hemos citado de los últimos presidentes norteamericanos se vienen repitiendo una y otra vez a lo largo de los años en discursos, artículos y libros sobre la materia. Los intelectuales, pensadores, escritores y plumíferos de todas las tendencias no hacen más que repetir estas consignas tan inanes.


En los artículos, por ejemplo, que leemos en la Prensa española se afirma una y otra vez que en esta Primera Guerra Mundial, al igual que en la Segunda, “ganó la libertad”. (No se comprende entonces por qué España permaneció neutral, sin intervenir en esa gran cruzada liberadora). Se proclama en tono solemne, con osadía y sin sonrojo, que “la libertad salió vencedora”. Se atribuye a las potencias triunfantes, al bando aliado, el “haber salvado al mundo”. Todo son bendiciones, alabanzas, cantos de júbilo, ofrendas de incienso, panegíricos, palmas y ovaciones para festejar y honrar a los magnánimos vencedores.


¿De qué tenía que ser salvado el mundo? ¿Cuál era exactamente la terrible amenaza, el mortal peligro o la espantosa maldición que se cernía sobre la totalidad del orbe y cuya sombra siniestra ya no podía soportarse por más tiempo? ¿Cuál era la situación angustiosa de la que el mundo esperaba ser por fin salvado para siempre? ¿Se salvó el mundo tal vez, gracias a la victoria aliada, del cáncer tan terrible y amenazador que es el nacionalismo? ¿Acaso había que salvarlo de la posibilidad de una hecatombe hasta entonces nunca vista o del peligro de caer en una terrible guerra en la que podrían morir millones de seres humanos y podría dejar en ruinas medio continente?


Habrá quien piense que las frases antes citadas son una exageración, algo inaudito, palabras que difícilmente puede haber pronunciado una mente inteligente, moderada, lógica y racional. Y lo pensará con toda razón. Pero no me invento nada. Me limito a reproducir frases de sesudos comentaristas que recojo de los periódicos que caen en mis manos o que leo cada día. La idea utópica, demencial y absurda, de que la Guerra del 14 iba a ser la guerra que pondría fin a todas las guerras, forjada por la propaganda aliada –idea tan desmentida por los hechos posteriores, una vez terminada la guerra y vistas las consecuencias que trajo–, parece cobrar nueva vigencia de forma subrepticia, bajo disfraces diversos, en la mente de nuestros contemporáneos.


Quienes así se expresan, quienes ven la Gran Guerra la gesta liberadora y salvadora del mundo, desempeñan el lamentable papel de simples voceros o trasmisores de las consignas, los lemas y los estereotipos acuñados por la propaganda oficial del bando aliado. En tales afirmaciones puede verse un claro eco del mensaje salvífico y mesiánico del Presidente Wilson en su célebre y ya antes mencionada declaración de guerra ante el Congreso de Washington.


Se comprende fácilmente por qué en la actualidad se hacen tales afirmaciones y por qué se sostienen ideas tan descabelladas. Resulta obvio que eso es lo que hay que decir, lo que hay que pensar y opinar. No pudiendo pensarse, opinarse o decirse hoy día algo diferente, y menos aún algo opuesto o contrario. No puede uno salirse impunemente del redil ni traspasar los límites trazados de antemano por quien tiene poder para trazarlos, y únicamente dentro de los cuales puede encontrarse la interpretación correcta de los hechos (es decir, entenderlos de acuerdo a lo política e ideológicamente correcto). Eso es lo que significa “estar en el lado correcto de la Historia”, según el lema propagandístico que se nos ha grabado en la mente.

Es evidente, por otra parte, que resulta menos problemático, más cómodo y seguro, decir, pensar y opinar lo que está ya generalmente admitido, lo que está oficialmente permitido y autorizado, repitiendo lo que se lleva, lo que todo el mundo dice, aunque añadiendo quizá algún pequeño toque de originalidad, para parecer que uno es más libre y que lo que uno dice es de creación propia. Pero por mucha unanimidad que exista en la afirmación de unas ideas como las antes expuestas, por mucho que todo eso que se dice sea lo generalmente admitido, por mucho que eso haya que decirlo y pensarlo para no quedar mal, no por ello deja de resultar menos infundado, absurdo y ridículo lo que se afirma. Aunque una idea se repita machaconamente año tras año y todo el mundo la admita como indiscutible, no es posible aceptarla si no responde a la verdad y, lejos de respetar la realidad, la deforma, falsea o manipula de forma vil e indecente.


Pero volvamos al discurso del Presidente Wilson, pues nos permitirá captar mejor el origen de esa visión idílico-épica de la Gran Guerra como gigantesca hazaña liberadora. Sus palabras, que rebosan ingenuidad, así como un idealismo y un utopismo que no tardarán en darse de bruces contra la verdad y la realidad, especialmente contra la dura realidad de los graves conflictos latentes en Europa y contra la verdad de lo que realmente se ventilaba en el conflicto bélico.


Al lanzarse a la guerra, los Estados Unidos –prometía Wilson– no harán otra cosa que combatir “por la democracia, por los derechos de aquellos que están sometidos a la autoridad a tener una voz que sea escuchada por sus gobiernos, por los derechos y libertades de las naciones pequeñas, por el dominio universal del Derecho mediante un concierto de pueblos libres tal que traiga la paz y la seguridad a todas las naciones y haga por fin libre al mundo”. Para la mentalidad muy típicamente norteamericana del Presidente Wilson, esa gran empresa redentora de liberar al mundo entero y asegurar para siempre su libertad (make the world itself at last free) únicamente podría ser realizada por los Estados Unidos, que se lanza a la guerra –son las palabras del mismo Wilson– con el orgullo (the pride) de quienes saben que “ha llegado la hora en la cual América tiene el privilegio de derramar su sangre y gastar su poderío” para defender y difundir por doquier los principios que le dieron nacimiento, paz, felicidad y grandeza.


En esas altamente significativas palabras del Presidente norteamericano queda muy bien plasmada la idea forjada por la propaganda aliada, franco-británica y posteriormente también yanqui, de que en la Primera Guerra Mundial el bloque aliado lucha por la liberación y la salvación del mundo. La propaganda consigue convencer a todos de que se trata de una magna empresa civilizadora, un gigantesco combate envuelto en una aureola de carácter religioso, místico y sagrado. La guerra es presentada como una gran cruzada laica en la que se decide la supervivencia de la civilización, y con ella de los más altos y sagrados valores, de todos aquellos bienes, principios, leyes y normas que hacen posible la vida humana sobre la Tierra.


Según parece, el Presidente Wilson fue inicialmente reacio no sólo a entrar en la guerra, sino también a “racionalizar la guerra como una guerra por la democracia” (tal y como nos informa Christopher Lasch en su agudo análisis del radicalismo americano). Fue Robert Lansing, miembro del gobierno con Wilson, el primero en lanzar dicha idea para incluirla más tarde en el discurso de guerra del Presidente. Lansing estaba convencido de que “ir a la guerra únicamente porque habían sido hundidos algunos barcos norteamericanos, muriendo ciudadanos estadounidenses” carecía de la fuerza necesaria, resultaba un argumento insuficiente y muy poco convincente para remover las conciencias y la voluntad del pueblo americano. Para que el apoyo a la guerra tuviera un “fundamento más sólido” (sounder basis) y conseguir galvanizar el alma más bien pacífica y aislacionista de los Estados Unidos, había que subrayar, en palabras de Lansing, “el deber de ésta y de todas las demás naciones democráticas de suprimir un gobierno autocrático como el alemán por su carácter atroz”. Según Lansing, semejante condena sumaria (indictment) de Alemania sería capaz de atraer y captar el asentimiento de “cualquier persona amante de la libertad en todo el mundo”, aceptando en consecuencia los sacrificios que la guerra iba a exigir.


Volveremos más adelante sobre las brillantes ideas de este influyente político yanqui y sobre sus proyectos de ingeniería social de ámbito internacional, que incluían por supuesto, como estrella central del programa, la reducción de Alemania a la impotencia política, económica y militar.


El éxito de la idea propagandística de una cruzada por la democracia y contra la perversa Alemania puede observarse por doquier y hasta en los más ínfimos detalles. Así, por ejemplo, el primer documental bélico de la Historia, que fue producido en los Estados Unidos en 1917 y que lleva por primera vez al cine la propaganda de guerra, ensalzaba la figura del General Pershing, jefe del cuerpo expedicionario americano y sus tropas. Su título no puede ser más expresivo: Pershing’s Crusaders (“Los Cruzados de Pershing”). En los carteles anunciadores de dicho documental –de gran belleza, hay que reconocerlo– aparecía el General Pershing montado a caballo, seguido por sus soldados de infantería con banderas desplegadas al viento, y tras ellos, en el fondo, se veían las siluetas brumosas, como en una lejana aparición mística, de varios guerreros de las Cruzadas, también a caballo, con sus lanzas enhiestas, sus relucientes hábitos blancos y una gran cruz roja sobre sus escudos. La imagen no podía ser más expresiva y fascinante.


El mundo iba a ser por fin libre, tras siglos y milenios de opresión, tiranía, violencia y oscuridad. Por primera vez en la Historia todos los pueblos y las naciones de los cinco continentes podrían gozar de plena libertad y alcanzar un nivel de felicidad como nunca antes habían soñado. La Libertad, el Derecho y la Justicia triunfarían definitivamente sobre todos sus enemigos gracias al sacrificio de los miles de modernos cruzados liberadores y civilizadores que estaban dispuestos a derramar su sangre por tan noble y sacrosanta causa. Esta era la buena nueva que abría el horizonte a la era democrática, el evangelio mesiánico que iluminaba el futuro del género humano hasta entonces agobiado y desgarrado por fuerzas tenebrosas. La Humanidad ya no tendría que vivir aterrada por la amenaza que suponía la existencia de potencias opresoras y agresivas, de incalculable maldad y dotadas de un apabullante poder material, tanto por su considerable extensión territorial y su gran población como por su tremendo desarrollo económico, científico, tecnológico e industrial.

Frente al grosero materialismo y egoísmo de los imperialistas alemanes se alzaba la valentía noble y generosa de los soldados franceses, británicos y estadounidenses, movidos por un alto ideal, el ideal de la Libertad para todos los pueblos y para todos los seres humanos. La Gran Guerra se presentaba esplendorosa como la Cruzada del Ideal. No se podía imaginar ni esperar menos de los cruzados justicieros.


Expresiones e imágenes semejantes a las antes citadas, igualmente grandilocuentes, aunque con un tono menos mesiánico, pueden encontrarse en los discursos de los políticos ingleses y franceses volcados en su campaña bélica contra Alemania. Georges Clemenceau, jefe del Gobierno francés, político belicista y furibundamente antialemán, apodado “el Tigre” por su arrollador espíritu combativo, su intransigencia y su furor sanguinario, que había afirmado que “la guerra es una cosa demasiado seria para confiarla a los militares”, que impuso casi una dictadura personal para dirigir y ganar la guerra, negándose a aceptar cualquier petición de paz que viniera del enemigo, pregonaba en tono ardiente que Francia combatía por la Libertad, por el Derecho y por la Justicia, por la Humanidad y por el Ideal. Y por eso la única salida que Clemenceau veía para la guerra era la victoria total, aplastando sin compasión al enemigo germánico que representaba la maldad, la brutalidad, el salvajismo más primitivo, la injusticia y la violación del Derecho.


Queremos vencer para ser justos”, repite Clemenceau sin ambages una y otra vez, aunque luego, a la hora de firmar la paz, será inclemente con la Alemania derrotada y le parecerá poca toda humillación o represalia que se imponga a ésta. “Todo por la Francia sangrante en la gloria, todo por la apoteosis del Derecho triunfante”, vocea en una de sus arengas de guerra. Aunque esa “apoteosis del Derecho triunfante” (l’apothéose du Droit triomphant), que Clemenceau anuncia y promete como resultado de la victoria aliada, suena más bien como el aviso de una implacable venganza. En otra ocasión el dirigente francés lanza una de esas proclamas cuasi-religiosas tan típicamente suyas, tan propias del nacionalismo exaltado, y que tanta semejanza guardan con las declaraciones del Presidente Wilson: “Gracias a nuestros soldados, Francia, ayer soldado de Dios, hoy soldado de la Humanidad, será siempre el soldado del Ideal”.


En todas estas declaraciones y proclamas podemos ver ya trazado el esquema propagandístico que hoy día aflora de nuevo y se impone por doquier como un dogma indiscutible. Un dogma cuyas múltiples fisuras, incongruencias y falsedades iremos descubriendo a medida que avancemos en el análisis de la cuestión que nos ocupa.


El Marqués de Laserna, una de las pocas voces sensatas y mesuradas que en España hemos podido oír estos días en relación con el tema que nos ocupa, lo ha resumido con una brevedad clarividente en un artículo publicado en un diario español: “La Gran Guerra del 14-18 había dividido al Viejo Continente en dos bloques, el formado alrededor de Alemania y Austria-Hungría y el que capitaneaba Francia con Gran Bretaña. El segundo fue el triunfador absoluto y la propaganda durante la contienda y después de la victoria fue tan elemental como suelen ser los eslóganes: los regímenes adalides de la libertad por un lado y los de la opresión por otro, con el triunfo final de la virtud frente al mal. Quedó establecido que la primacía correspondía a la democracia representativa, sentenciando a toda otra forma de gobierno” (ABC, 7 de Agosto, 2019).


Este es, en efecto, el cuadro épico que se nos presenta: a un lado están quienes encarnan el bien, los países bondadosos, pacíficos, virtuosos, justos y justicieros, de los que no se pueden esperar sino bienes y bondades; al otro, en frente de ellos, están quienes encarnan el mal, las naciones malvadas, perversas, violentas, corruptas, depravadas y viciosas, de las que no pueden venir más que males y maldades. Por inconcebible que parezca, esta es la mentalidad en la que vivimos. Este, de la lucha entre los buenos y los malos, es el simplista esquema que manejamos a diario (sin darnos cuenta, sin percatarnos de ello). Este es el reduccionista y simplón argumento que se nos ofrece, o mejor se nos impone, propio de una película de Hollywood, y que dócilmente asumimos y digerimos (a veces, incluso con entusiasmo).


Presentar las dos guerras mundiales, con la consiguiente victoria militar de las potencias enemigas de Alemania y sus aliados, como un triunfo de la libertad y de la civilización es una auténtica necedad. Constituye un absurdo y un sinsentido, por más que la propaganda lo repita machaconamente año tras año desde hace ya un siglo, y por mucho que tal dogma ideológico y seudohistórico se halla incrustado en nuestros cerebros a consecuencia de dicho bombardeo propagandístico, tan incesante como infame. Casi me atrevería a decir que se trata de “un absurdo metafísico”, si no fuera porque tal expresión, realmente exagerada y semánticamente errónea, entraría de lleno en este mundo delirante, exento de objetividad y ecuanimidad, irresponsable y falto del más elemental respeto a la realidad, corrupto y banal, afanoso cultivador de la mentira, en el que se mueven las inasumibles ideas que estamos criticando.


¿Cómo es posible que se haya impuesto una idea tan absurda, tan falsa y tan carente de fundamento? Es esta una clara muestra del poder que en el mundo actual tiene la propaganda, punto éste que trataremos en otro momento. Sólo en la más completa ignorancia de la realidad histórica, difuminada y deformada por una desinformación continuada, barrida y borrada por el martilleo propagandístico, pueden encontrar justificación tales ideas, clichés y tópicos manidos. Únicamente en una mente impregnada por los tópicos propagandísticos, aturdida e idiotizada por sus reiterados mensajes manipuladores, resulta posible la aceptación acrítica de un enfoque tan trivial, tan torpe, tan mendaz y falsificador, tan distorsionador de los hechos reales.


¿Había menos libertad en la Alemania del Káiser Guillermo II o en el Imperio Austrohúngaro, ambas potencias con sendos regímenes parlamentarios muy semejantes a los de otros países europeos, que en Francia, Inglaterra o Rusia? El Imperio británico, en el que eran sañudamente perseguidos o se hallaban brutalmente oprimidos los católicos irlandeses, como lo siguieron estando posteriormente (para no hablar de la cruel represión ejercida contra los grupos étnicos más diversos en otras partes del Imperio británico), o la Francia republicana, con su política furibundamente antirreligiosa y hostil a la Iglesia católica, ¿podían considerarse enclaves más sólidos de la libertad que Alemania y Austria, donde imperaba una política de la más absoluta tolerancia y del mayor respeto a las diversas nacionalidades, grupos étnicos y confesiones religiosas, incluida la floreciente comunidad judía y, en el caso de Austria-Hungría, las minorías musulmanas de Bosnia-Herzegovina o las poblaciones de religión ortodoxa y protestante de otras regiones del Imperio?

Cabe anotar, a este respecto, la preocupación existente en la población de Alsacia y Lorena tras la derrota de Alemania, al ser ocupadas ambas regiones por el ejército francés tras la derrota de Alemania y verse sometidas de nuevo a las leyes de la República francesa, tan centralistas y tan hostiles a la religión, y quedar a merced de su burocracia invasiva, sectaria, omnipresente y voraz, tan inepta como corrupta. Los habitantes de estas dos regiones históricas, de lengua y cultura alemanas, que habían formado parte de Alemania desde la derrota francesa en 1870, beneficiándose de la disciplina, la eficiencia y el correcto funcionamiento de la administración alemana, con su respeto a las creencias religiosas de la población, a las autoridades eclesiásticas, a las instituciones, las costumbres y las fiestas de carácter religioso, temían perder ahora la libertad, la autonomía y el buen orden de los que habían disfrutado durante casi medio siglo.


A quienes afirman que en 1918 venció la libertad, viendo en el fin de la Gran Guerra la apoteosis triunfal de la democracia y el nacimiento de un mundo más libre, habría que preguntarles: ¿se sentían más libres los más de tres millones de alemanes, los alemanes de los Sudetes, que fueron sometidos manu militari por los nacionalistas checos para incorporarlos por la fuerza, al igual que otras minorías étnicas menos numerosas (rutenos, polacos, húngaros, etc.), a la nueva nación que llevaría el nombre de Checoslovaquia? ¿Se sentían más libres los húngaros de Transilvania sometidos a la Gran Rumanía, uno de los países vencedores, al serle cedido por el Tratado de Trianón dicho territorio que perteneció a Hungría, aunque también con población rumana?


Y lo mismo podría decirse de los croatas, bosnios y eslovenos que quedaron bajo el poder de los serbios, sus enemigos ancestrales, en la nueva nación que portaba el nombre de Yugoslavia. O de los ucranianos, alemanes y lituanos sojuzgados por los polacos, para pasar a formar parte de otra de las nuevas naciones surgidas tras la guerra, la Gran Polonia. O de los alemanes del Tirol del Sur, al quedar desgajados de su patria austriaca para ser integrados en la Italia que figuraba entre las naciones vencedoras después de haber traicionado a sus antiguos aliados alemanes y austriacos. Conviene recordar la amargura y decepción en que se vio sumido el mismo Presidente Wilson al ver en qué se convertía su proclama idealista de libertad para las nacionalidades oprimidas y al comprobar también el ansia de venganza de ingleses y franceses, cosas todas ellas que hacían imposible una paz digna y honrosa. Su desconocimiento de la realidad europea, tan compleja y delicada, le impidió ver con antelación estas lamentables pero inevitables consecuencias de la guerra.


Es oportuno apuntar que entre los 14 puntos del Presidente Wilson, que tanto incomodaban a Clemenceau, quien no desperdició ocasión para criticarlos y ridiculizarlos (diciendo, entre otras cosas, que eran algo grotesco, demasiado pretencioso, pues los mandamientos o puntos de Dios habían sido sólo 10), uno de los más importantes era aquel que proclamaba que ninguna nación o grupo étnico podría estar bajo el poder de otra nación o grupo étnico diferente, debiendo respetarse por encima de todo su derecho a la autodeterminación y a decidir libremente su destino.


Wilson no podía prever, ni siquiera imaginar, que muchas de esas “naciones pequeñas” (small nations), cuya libertad y cuyos derechos tanto le preocupaban, tenían un instinto despótico y tiránico, deseoso de oprimir y aplastar a otras minorías o núcleos más o menos importantes de pueblos vecinos, y que algunas de tales naciones se distinguían por una violencia, una brutalidad y una crueldad presta a manifestarse en cuanto tuvieran suficiente poder –como no tardaría en comprobarse–, no vacilando tampoco lo más mínimo –como ya pudo verse– en provocar una guerra mundial para salirse con la suya. Aunque esto último sí podía haberlo entrevisto el bienintencionado Presidente americano con un poco más de sagacidad y buena información.


Aunque sin relación directa con la Gran Guerra, y dirigiendo la mirada lejos de Europa, cabría hacer alguna pregunta incómoda al idealista Presidente Wilson y a los norteamericanos liberadores y salvadores de pueblos oprimidos. Filipinas, convertida en una colonia de los Estados Unidos, que arrebataron por la fuerza a España en 1898 este isleño país asiático en una guerra ominosa, y cuya población sufrió un cruel genocidio al intentar las autoridades yanquis borrar totalmente la huella española e imponer el inglés como única lengua del archipiélago, ¿gozaba de más libertad y felicidad que cualquier región del Imperio alemán o del Imperio de los Habsburgo, en los cuales hasta la última minoría étnica o nacional tenía su propia representación en el Parlamento?


La realidad y la verdad no pueden ser ocultadas por las consignas propagandísticas, por muy hábilmente y bien elaboradas que éstas estén, ni tampoco por muy poderosa que sea la maquinaria propagandística puesta en marcha y por muy intenso que sea el bombardeo a que se ven sometidas las mentes de la población.


2.- Alemania, culpable de la Gran Guerra.


Pero no acaba aquí la insensatez e irracionalidad de los mensajes trasmitidos por la propaganda. Junto a la visión de la Gran Guerra como lucha entre libertad y tiranía, y como elemental corolario de tamaño dislate, se hace recaer, además, la culpa de la guerra en las potencias vencidas, y especialmente en Alemania. Este es el segundo pivote fundamental del edificio mental o conceptual construido por la propaganda.


Nos topamos así con uno de los grandes dogmas de la interpretación hoy día dominante en lo que se refiere a la Historia del siglo XX: la responsabilidad alemana en el desencadenamiento de las dos guerras mundiales. En otras palabras, la presentación de Alemania como nación militarista, belicosa, agresiva, despótica, sanguinaria, bárbara y de una crueldad inaudita, poseída por una codicia irrefrenable y deseosa de dominar el mundo. En definitiva, Alemania como la madre de todas las guerras, la causante de los peores conflictos que han desgarrado al Viejo Continente en los últimos tiempos.


Aquí tenemos ya delineados los dos principales ejes de la historiografía implantada por la propaganda en la Primera Guerra Mundial y en la cual se apoya la imagen que tiene todo el mundo (o la inmensa mayoría de la gente) sobre dicha guerra: 1) una guerra que se libra encarnizadamente en defensa de la civilización, la libertad y la democracia, gravemente amenazadas por Alemania y sus aliados; 2) dolosa e innegable culpa de Alemania como nación provocadora de la guerra y, por lo tanto, enemiga de la libertad, de la paz, de la civilización y de la Humanidad.


Se lanza sobre el Reich alemán y su Káiser el estigma de haber provocado la inmensa carnicería que fue la Primera Guerra Mundial, cuando en realidad el Káiser, dirigente seriamente preocupado por el mantenimiento de la paz en Europa, hizo todo cuanto pudo por evitar el estallido de la guerra, tratando por un lado de aplacar la cólera de los dirigentes austríacos e intentando al mismo tiempo refrenar los impulsos belicosos de británicos y franceses, ansiosos de lanzarse al combate. El Káiser y su gobierno hicieron ver a los demás gobiernos europeos que la grave crisis y el conflicto abiertos con el atentado de Sarajevo debían resolverse exclusivamente entre Austria-Hungría y Serbia, los dos países directamente implicados, evitando a toda costa la intervención de otras potencias, por las graves consecuencias que esto acarrearía dadas las alianzas existentes, ocasionando con ello que el conflicto se extendiera y alcanzara límites insospechados. Los esfuerzos pacificadores de Alemania resultaron, por desgracia, baldíos.


El Tratado de Versalles, en su artículo 231, declaraba que Alemania y sus aliados habían sido “los responsables de todas las pérdidas sufridas por los aliados y sus asociados, como consecuencia de una guerra que ha sido originada por Alemania”. Por eso Alemania debía ser castigada con dureza y quedaba condenaba a pagar unas exorbitantes reparaciones durante más de veinte años. Así lo expresó un ministro inglés en la campaña electoral de 1918: “Hay que exprimir el limón hasta que cruja”. Y en el mismo sentido se expresaron los políticos franceses: “Alemania tendrá que pagar hasta el último céntimo por los daños que ha causado”.


De hecho, como han señalado diversos autores, la Gran Guerra, que comienza por el brutal choque entre Serbia y Austria-Hungría, a causa del atentado de Sarajevo, al declarar Austria-Hungría la guerra a Serbia, acaba convirtiéndose en una lucha contra Alemania. Tal es la imagen que queda grabada en nuestras mentes gracias a la intensa labor de la propaganda. Y así lo van a ver y expresar la mayoría de los dirigentes del bando aliado cada vez que se refieren al conflicto bélico. El mismo Woodrow Wilson la expresa nítidamente, quizá sin ser consciente de ello, cuando en Octubre de 1918 escribe: “Es indispensable que los gobiernos asociados contra Alemania sepan sin abrigar la menor duda con quién están tratando”.


A medida que va avanzando la guerra, muy pocos se acuerdan ya de Austria, de Bulgaria o de Turquía, los otros enemigos de “la democracia y la libertad”. Todas las miradas de odio y hostilidad se centran en Alemania, con la voluntad decidida de derrotarla a cualquier precio. Alemania es el enemigo a batir, por encima de cualquier otra consideración.


Como veremos más adelante, en realidad, el motivo fundamental que está en los orígenes de la Gran Guerra –motivo soterrado, camuflado y oculto bajo las frases altisonantes, encubierto por las solemnes declaraciones de principios– es el odio a Alemania, de la cual el Imperio Austrohúngaro viene a ser como un apéndice, un anexo o una ramificación inseparable. Un odio irracional, rabioso y feroz, irreprimible, devorador y arrasador, cuyas raíces son mucho más hondas de lo que pudiera pensarse. En Alemania veían muchos políticos e intelectuales europeos –y la siguen viendo en nuestros días, aunque se lo callen– la fuente, el foco y el receptáculo pantanoso de todos los males que han afligido a Europa a lo largo de los siglos. Alemania era la nación archienemiga de la Humanidad, continuamente conspirando contra el resto de las naciones.

Se ha convertido ya en un artículo de fe, un axioma indiscutible, una verdad evidente y sobreentendida, una creencia firmemente arraigada en el subconsciente colectivo –y que nadie se atreve a criticar, poner en entredicho o bajo sospecha–, que Alemania ha sido la culpable de las dos guerras mundiales. Se ve en ella a la potencia militarista y prepotente que, con su nacionalismo agresivo y sus pretensiones de expansión y de dominio de otros territorios, desencadenó esas dos inmensas tragedias que constituyen el capítulo más triste, atroz y luctuoso de la Historia de la Humanidad.


Como simple botón de muestra me limitaré a citar lo que un conocido periodista español, considerado un experto en cuestiones de política internacional, escribía recientemente al respecto. Mostrando su extrañeza por la atenta consideración o aquiescencia que Inglaterra, en su embarullada política de salida de la Unión Europea, el llamado Bréxit, ha encontrado en la Alemania de Angela Merkel, dicho periodista opina que ello “puede deberse a su mala conciencia por haber iniciado ambas contiendas” (se refiere a la mala conciencia de Merkel como dirigente alemana, ya que se considera culpable y está francamente avergonzada por haber sido su país el que desencadenó esas dos guerras tan terribles). Es decir, que Alemania ha sido la iniciadora o provocadora de las dos guerras mundiales. Así de simple y sencillo, sin matices, sin más reflexión, sin puntualizaciones ni paliativos que den mayor fiabilidad a tal aserto. Dando por supuesto que eso es algo archisabido. Resulta difícil concebir que alguien pueda creer y decir algo así en serio.


¡Qué casualidad! Los culpables de los peores conflictos bélicos que ha sufrido la Humanidad son precisamente los vencidos. Los que han perdido la guerra son los responsables de haberla desencadenado, así como de todas las destrucciones que la guerra ha ocasionado y todos los crímenes y excesos que en ella se hayan podido cometer. He ahí los únicos que han de cargar con la culpa y sobre los cuales ha de recaer la condena y el castigo. Siempre ellos y únicamente ellos. No hay otros responsables ni culpables del sangriento enfrentamiento entre las naciones.


¿No resulta chocante que la culpa recaiga justamente sobre la nación que ha sido derrotada y que ya no puede defenderse (o lo tiene muy difícil), y que sea exclusivamente a ella a la que se atribuya toda la responsabilidad de la guerra? Pregunta ésta que deberíamos hacer en plural, hablando de “las naciones que han sido derrotadas”, pues nunca es una nación sola la que lleva el sambenito de la culpa, sino que quedan incluidos también sus aliados, como sucedió en la Guerra del 14. Lo que ocurre es que, como ya ha quedado indicado anteriormente, en este caso es exactamente sobre una nación en concreto, la nación alemana, sobre la que se centran todas las miradas y, por consiguiente, recaen también todas las culpas o al menos las más graves. Más adelante veremos por qué.


Pero por irracionales que sean tales postulados y planteamientos, éstos son los que todo el mundo asume y rumia sin cesar. Esta es la verdad excátedra de la que nadie puede dudar, que nadie puede ni siquiera criticar moderadamente o comentar en sentido levemente desfavorable, si no quiere verse marginado, demonizado, criminalizado, ridiculizado, condenado sin compasión ni remisión posible, excomulgado de la sociedad de los seres libres y biempensantes, escarnecido hasta lo indecible y lanzado con fuertes anatemas a las sombras infernales.


Sorprende que todos estos tópicos, extremadamente inconsistentes y banales, sobre la maldad alemana hayan sido aceptados con tanta inconsciencia y ligereza. Y sorprende todavía más que tal cosa suceda en España, un país que debería estar escarmentado y suficientemente prevenido ante tales maniobras por haber sufrido durante siglos el impacto negativo de “la Leyenda negra”, engendro propagandístico que tuvo enorme repercusión y aceptación en la mayoría de los países (aunque la propaganda todavía no tenía los medios de que dispone hoy día). la Leyenda negra antialemana o antigermánica es muy semejante, en muchos aspectos, a la Leyenda negra antiespañola, aunque actualmente se halla mucho más arraigada y resulta más funesta, entre otras cosas por el desarrollo, la fuerza y eficacia que la propaganda ha ido adquiriendo en la civilización moderna.


Dicha idea de la culpa Alemana en el desencadenamiento de la guerra, tan infundada como descabellada, aparece hasta en los más serios estudios históricos (cuya seriedad hay serias razones para poner en duda). Así, por ejemplo, en su obra The unity of European history (“La unidad de la Historia europea”), publicada en 1948, John Bowle, profesor de Oxford, afirma sin inmutarse que en la Primera Guerra Mundial “se detuvo el primer intento alemán de conquistar el mundo”, pues afortunadamente la guerra se decidió a favor del Oeste u Occidente (the West) y “se preservó así la tradición de la civilización libre”. Esto es lo que, según el historiador inglés, constituye “la cuestión capital (the cardinal point) de principios del siglo XX”. En opinión de Bowle, una de las causas principales de la Guerra del 14, aparte del nacionalismo, que se extendió por toda Europa (pero del que parece estar exenta la Gran Bretaña en la visión de las cosas defendida por nuestro autor), fue “la ambición de la Alemania unida”, “la obsesión con la política de poder (power politics) por parte de la nación más poderosa del Continente”, o lo que es lo mismo, “la ineptitud política alemana”, su falta de sentido de la responsabilidad, que llevó a sus élites dirigentes a adoptar “ideas subversivas de los valores de la cultura europea”.


Por dos veces, sentencia Hugh Thomas, ha intentado Alemania conquistar y dominar el mundo, sometiéndolo a su poder. El primer intento, según el historiador británico, fue el del Segundo Reich, con el Káiser Guillermo II al frente. Los políticos ingleses consideraron que el ataque a un pequeño país como Bélgica era “prueba evidente de una apuesta por conseguir el poder mundial (a bid for world power)”, afirma Thomas. En palabras de dicho historiador, “la segunda tentativa para conseguir el poder mundial” (the second grab for world power) de los alemanes tendría lugar en 1939. Aunque aclara que “posiblemente la nación alemana estaba menos unida tras esa búsqueda del poder mundial (quest for world power) de su gobierno en 1939 que lo había estado en 1914”.


Resulta irrisorio ver a Alemania acusada de querer conquistar y dominar el mundo precisamente por los ingleses, un pueblo que ha tenido como política a lo largo de los siglos extender su poder sin límites a nivel mundial, conquistando cuantos territorios ha podido en los cinco continentes y apoderándose de los territorios que le ha apetecido, arrebatándoselos sin contemplaciones ni miramientos a otras naciones, procurando incluso dañar y perjudicar lo más posible a sus propios aliados para defender sus propios intereses (como hizo, por ejemplo, con España en la Guerra de la Independencia contra Napoleón, destruyendo las industrias españolas que podrían competir en el futuro con la industria inglesa). No hay más que echar un vistazo a la Historia y al mapa: Gibraltar, Las Malvinas, Chipre, Malta, Irlanda, Belice, Guayana, Jamaica y otras muchas islas del Caribe, Adén, Egipto y Sudán, Kenia, Uganda, Nigeria, Rodesia y extensas regiones de África, Kuwait y las costas petrolíferas del Golfo Pérsico, India, Ceilán, Birmania, Hong Kong, Singapur, Malasia, Sarawak, Nueva Guinea, Australia, Nueva Zelanda, Tasmania, Fiyi y numerosos archipiélagos del Pacífico, las provincias francesas del Canadá, los territorios que arrebató a los Boers tras cruenta y despiadada guerra en Sudáfrica, la “Guerra del opio” contra China, etc., etc. Será ocioso recordar que, una vez vencida Alemania en la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña se apoderó, lógicamente y como era de esperar, de las colonias alemanas en África, repartiéndoselas con Francia.


Con razón los autores alemanes calificaron a Inglaterra de “Estado pirata o ladrón” (Raubstaat), y una calificación peyorativa semejante puede encontrarse en los escritores y pensadores de otras naciones. Raubstaat England es el título de un libro profusamente ilustrado que se publicó en los años treinta del siglo XX en el que se pasa revista a esa continuada labor de robo, expolio, latrocinio y rapiña llevada a cabo por los ingleses en todo el mundo con brutal violencia y prevaliéndose de su poderío militar a lo largo de los siglos. En España, por las mismas razones, se impuso, no sólo en el lenguaje literario, culto y erudito, sino también en el habla popular la expresión “la pérfida Albión”, que tantas veces hemos escuchado en las conversaciones.


En la Primera Guerra Mundial la mentira, principal combustible y fluido animador de la propaganda, irrumpe de forma clamorosa convirtiéndose en clara protagonista de los acontecimientos. Ferdinand Lundberg, autor norteamericano que ha prestado especial atención a la intervención de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, advierte que el arma más potente usada por los aliados en dicho conflicto bélico, fue The Big Lie (“La Gran Mentira”), técnica demoledora “que nació precisamente en este período” (y de la cual, según el citado autor, harían uso más tarde los nazis alemanes de forma aún más intensa y perfeccionada). La Gran Mentira, “que podría ser llamada la bomba atómica de la I Guerra Mundial — escribe Lundberg–, fue desarrollada por franceses y británicos, uniéndose a ellos después fervorosamente Washington”. Lundberg recuerda cómo en 1916, mientras en el Continente se libraba una sangrienta guerra de trincheras, franceses y británicos se volcaron, gastando sumas ingentes de dinero, en una intensa campaña propagandística para influir en la opinión pública norteamericana y despertar el odio a Alemania, acusándola de toda clase de atrocidades, aunque posteriormente se demostró que la mayoría de tales acusaciones eran falsas, se trataba de una pura calumnia. Alemania, subraya Lundberg, fue calumniada de forma indigna y obscena, “siendo dibujada en la Prensa de forma cada vez más monstruosa”. Alemania estuvo mucho más torpe en este campo del contacto con otros países y el tratar de influir sobre ellos, no sabiendo tampoco utilizar la poderosa arma de la propaganda. Todo ello acabaría consiguiendo el objetivo propuesto, que era la entrada de los Estados Unidos en la guerra para acudir en ayuda de Francia e Inglaterra, que la iban perdiendo.


Por muy extendida y generalmente admitida que esté esta idea de la gran culpa alemana, basada en una supuesta voluntad que se había apoderado de los dirigentes alemanes de conquistar, dominar y germanizar el mundo, no deja de ser una insensatez. No hay nada más lejos de la realidad. Semejante visión de las cosas constituye un colosal error, una falsedad insostenible, una flagrante mentira, una brutal negación de la verdad histórica, cuyas causas vamos a tratar de investigar y elucidar en estas reflexiones. Se podrá criticar, censurar y condenar muchas cosas de quienes dirigían Alemania en las dos guerras mundiales, Guillermo II y Adolf Hitler; se podrá pensar todo lo negativo que se quiera de ambos dirigentes alemanes, pero de lo que no cabe la menor duda es que la idea de conquistar o dominar el mundo no estaba para nada en la mente de Guillermo II, como tampoco lo estaba en la mente de Adolf Hitler. Cosa que puede comprobar fácilmente quien analice objetivamente sus idearios, sus políticas, sus discursos y escritos, sus biografías y sus ejecutorias.


El mensaje lanzado por la propaganda desde los inicios del siglo XX, tan efectivo que no sólo se ha convertido en dogma oficial de la religión ideológica o profana de nuestros días, sino que ha llegado a calar y dejar huella indeleble en el subconsciente colectivo, es bien simple: el pueblo alemán es una horda perversa, agresiva, violenta, belicosa y militarista, de ánimo despótico y tiránico, que habría que reeducar o erradicar de la tierra. Algo que tendría su concreción más patente, implacable, trágica y cruel, tras la Segunda Guerra Mundial, plasmándose por ejemplo en el tristemente célebre “plan Morgenthau”. Y, si bien éste plan demencial no se llevó a cabo en todos sus macabros, aberrantes y demenciales detalles, sí acabaría desembocando en la más cruel limpieza étnica y el más brutal genocidio que haya conocido la Historia, con millones de víctimas.


En la mente de las gentes, incluso en personas de cierto nivel cultural y de muy amplia formación, ha quedado la convicción o creencia, más o menos claramente insinuada, de que Europa habría gozado en los últimos tiempos de grandes y duraderos períodos de paz si Alemania no hubiera existido. O no hubiera tenido existencia como verdadera potencia política y militar, como nación fuerte, unida y poderosa.


Algún eximio pensante ha llegado a afirmar que, por mucho que pene y pida perdón, Alemania y los alemanes no podrán jamás expiar la culpa que tiene contraída con la Humanidad por los males que hicieron caer sobre ella, y que tendrán que pasar siglos, siglos de arrepentimiento y congoja, para que sus errores, culpas y crímenes puedan llegar a ser perdonados.


Resumiendo el mensaje propagandístico al que hemos estado pasando revista, un mensaje que resuena durante toda la Gran Guerra y que seguirá resonando en el futuro, incluso una vez terminado el conflicto armado, vemos que se apoya en tres pilares básicos, tres ideas de gran simpleza pero de hondo calado y que van a tener un gran impacto:


1) los alemanes son bárbaros sin civilizar, con una irresistible inclinación a la guerra y la violencia (no les importa violentarlo todo, quebrantando las normas más sagradas);

2) desean conquistar el mundo, dominarlo y someterlo a su poder, poder del cual se sienten orgullosos considerándose casi invencibles y superiores a las demás naciones, a las que desprecian y no tienen el menor reparo en humillar;

3) son enemigos de la civilización, cuyo sentido, significado y valor ni siquiera entienden ni saben valorar, y por eso mismo anhelan destruirla; son incapaces de acceder a la vida civilizada, encarnada de forma ejemplar por Francia y Gran Bretaña.


La propaganda aliada o democratista, para despertar el odio antigermánico, asociará hábilmente en la memoria histórica de Occidente a Alemania y los alemanes con los bárbaros, los pueblos germánicos que destruyeron el Imperio romano y pusieron fin a su floreciente civilización. Lo mismo –se insiste de forma tendenciosa– que pretenden hacer los bárbaros germanos o teutones del siglo XX con la civilización moderna, gracias a las armas y los recursos de todo tipo que esta avanzada civilización ha puesto en sus manos.


Un botón de muestra nos lo ofrece Bertrand Russell, hombre bastante comedido en estas cuestiones y no excesivamente antialemán. El filósofo inglés, que no ocultaba el desprecio y el odio que siempre sintió hacia el Káiser alemán, adoptó durante la Primera Guerra Mundial una postura radicalmente pacifista, pues aunque consideraba claramente un mal (an evil) “la posibilidad de la supremacía de la Alemania del Káiser”, creía que no era un mal tan grande como lo sería una guerra mundial con sus terribles consecuencias. Su postura cambió radicalmente más tarde, con respecto a la Alemania de Hitler, en la Segunda Guerra Mundial, que apoyó sin reservas abandonando sus ideas pacifistas. En una carta escrita en Mayo de 1941 confesaba que quizá hubiera sido mejor que la Gran Guerra la hubiera ganado el Káiser, pues así se habría evitado que llegara Hitler al poder y desencadenara una guerra mucho peor. Y añadía: “Encuentro que esta vez no soy pacifista, y considero que el futuro de la civilización está ligado a nuestra victoria. No creo que haya pasado nada tan importante desde el siglo quinto, el momento anterior en el que los alemanes [los germanos, the Germans] sumieron al mundo en la barbarie (reduced the world to barbarism)”.


Russell se refiere aquí a la invasión de los bárbaros, que tuvo lugar en el siglo V de nuestra era y que puso fin al Imperio romano. Y compara los efectos de esa invasión, tan terrible y tan decisiva en la Historia europea, con los que ocasionará la política belicista del Reich alemán, considerando que se trata de una nueva invasión de los bárbaros. Nos viene a decir que no ha habido en la Historia de Europa acontecimiento tan importante, ni tan grave por lo que supone de amenaza y ruina para la civilización, como esa irrupción en tiempos modernos de la intemperancia y barbarie germánicas, que tuvo su inicio en la Primera Guerra Mundial, con la política de Káiser. Lo cual constituye una tremenda exageración, increíble en la mente de un intelectual de cierto nivel. ¿Se olvida el filósofo inglés, por ejemplo, de la invasión islámica, que amenazó a Europa por Occidente, con los árabes, y por Oriente, con los turcos?


Como puede observarse, Russell emplea el término Germans, ambiguo o ambivalente en este caso, que puede traducirse tanto por “germanos” como por “alemanes”. Y lo emplea con una clara intención peyorativa y condenatoria referida al presente. Parece como si hubieran sido los alemanes quienes acabaron con Roma y su civilización. Pero al insinuar que el mundo corre el peligro de que los alemanes o germanos, o sea, los pueblos germánicos, vuelvan a destruir la civilización e imponer la barbarie y el caos, al igual que ocurrió en el siglo V, Russell parece olvidar que entre los alemanes o germanos (the Germans) que destruyeron el Imperio romano figuraban también los anglos y los sajones, que fueron quienes crearon o construyeron Inglaterra, England, “la tierra (Land) de los anglos (Engle)”. Dos estirpes germánicas a las que siglos más tarde se añadiría otra rama del tronco germánico, decisivo en la configuración de Gran Bretaña: los normandos, que llegaron victoriosos con Guillermo el Conquistador.


Cabría añadir que entre los germanos que destruyeron Roma y su civilización figuraban asimismo los francos, que fueron quienes, con el mítico Clodoveo al frente, crearon la nación francesa, que por eso lleva su nombre: Francia, “tierra de los francos”. Todos ellos –anglos, sajones, francos, como también godos, vándalos, borgoñones y lombardos– formaron parte de la llamada “invasión de los bárbaros”, que puso fin al ya decadente Imperio romano y comenzó a crear las bases de una nueva cultura, de un mundo nuevo y vigoroso: la Europa medieval.


Contradiciendo a Russell, cabría decir, incluso, que los bárbaros o germanos que tuvieron menor participación en la caída y ruina del Imperio romano fueron precisamente los antepasados teutónicos de los actuales alemanes (turingios, bávaros, alamanes, cuados, marcomanos, semnones, cimbrios, lugios, queruscos, rugios, etc.), pues permanecieron en su patria, en las tierras boscosas que constituían su hogar, la actual Alemania, sin invadir ninguno de los territorios que formaban parte del Imperio romano (las Galias, Britania, Hispania, Italia, etc.), como sí hicieron por el contrario anglos, sajones, francos, lombardos o godos. Más bien sucedió al revés: fueron ellos, los habitantes de la antigua Germania, quienes sufrieron los ataques de las legiones romanas, que trataron de invadirlos y sojuzgarlos en repetidas ocasiones, al igual que ocurrió en otras latitudes con los britanos, los galos, los celtiberos o los dacios.


Pero volviendo al tema que nos ocupa, el colmo de semejante obsesión por hacer recaer sobre Alemania la culpa de las dos guerras mundiales es que tal consigna criminalizadora haya sido inculcada con éxito, imprimiéndola casi a fuego de manera indeleble, en el alma del pueblo alemán. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tras una vejatoria labor reeducadora y un intenso lavado de cerebro y de carácter, el pueblo alemán ha asumido ese mensaje propagandístico, aceptando y cultivando la mala conciencia derivada del mismo, lo cual le lleva a autoinculparse de los cruentos y trágicos conflictos que asolaron el continente europeo, considerándose un pueblo malvado con malvados dirigentes, una nación con instintos sanguinarios que ha creado enormes problemas y sufrimientos al mundo. Desde 1945 la autoflagelación se ha convertido en la principal ocupación de los políticos e intelectuales alemanes, tanto de izquierdas como de derechas.


Así, por ejemplo, hemos visto estupefactos cómo una reciente película alemana titulada “Sarajevo, das Attentat” (producida en Austria, en 2014, por Andreas Prochaska) intenta presentar el atentado de Sarajevo como el resultado de una bien urdida conspiración alemana. Se sugiere, de forma tan sibilina como torticera, que el magnicidio que costó la vida al heredero de la Corona austro-húngara y que desencadenaría la guerra, fue planeado y ejecutado hasta el menor detalle por los servicios secretos alemanes para lanzar a Austria-Hungría contra Serbia. En la película, el policía que investiga los hechos –que, para no perder ningún mensaje subliminal, es un judío serbio– acaba descubriendo que todo ha sido una manipulación muy bien urdida por el belicismo del Káiser alemán para acabar con el pueblo serbio, que supone un obstáculo para sus planes de expansión territorial en el Este de Europa. No se podía imaginar una trama más inicua ni más rocambolesca.


El antes citado John Bowle, en su “objetivo” e “imparcial” resumen de la Historia de Europa, pone el dedo en la llaga al aseverar que Europa, desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, “estuvo crecientemente aterrorizada por el militarismo prusiano”, “una situación sin precedentes desde la Edad oscura (the Dark Ages)” –se supone que quiere decir desde de la Edad Media–, situación violenta que ha resultado “desastrosa para la civilización”. Por dos veces Europa, continúa Bowle en su penetrante análisis, ha estado al borde de la catástrofe por culpa de Alemania, la cual “a la larga acabó exasperando a la mayoría de la Humanidad, haciéndole tomar la decisión de poner fin a esta terrible y recurrente amenaza”.

Como no podía menos de ser, el dogma de la culpabilidad alemana en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial –y, por supuesto, también de la Segunda, su continuación, con la consabida soflama de “las dos veces” en que el Mundo se ha visto amenazado por Alemania– reaparece, y con contundencia inusitada, en la propaganda comunista. En un texto oficial de la extinta DDR (la RDA, República Democrática Alemana, la Alemania comunista surgida tras la Segunda Guerra Mundial, con la división de la nación alemana en dos estados), se atribuye el estallido de la Gran Guerra del 14 al “imperialismo kaiseriano alemán”. El citado texto explica que “el capital monopolista alemán y los militares y políticos vinculados a él exigieron con singular agresividad una redistribución del mundo a su favor”; por eso “fueron ellos los principales responsables de la Primera Guerra Mundial (1914/18), que ocasionó sufrimientos y desventuras indecibles al pueblo alemán y a otros muchos pueblos”. Con el típico esquema marxista de la lucha de clases, el documento comunista aludido añade que, recurriendo a “la instigación chovinista del pueblo” y “esgrimiendo la mentira que los alemanes tenían que defenderse contra <un mundo de enemigos>”, en la Alemania imperialista y capitalista del Káiser “las clases dominantes engañaron a millones de personas” para conducirlos a la guerra. Los dirigentes comunistas alemanes vieron con agudeza tal maniobra y se rebelaron contra semejante monstruosidad: “explicaron a las masas el carácter criminal de la guerra imperialista iniciada por Alemania y la culpabilidad de sus clases dominantes”. Afortunadamente, tras la Segunda Guerra Mundial, “provocada por el régimen más bárbaro que hasta entonces había conocido la Humanidad”, el nazi hitleriano, y gracias a la victoria de la Unión Soviética en 1945, “el Reich alemán imperialista, cuyas clases dominantes se aprestaron dos veces para conquistar la hegemonía mundial, dejó de existir para siempre”.


Las citas de este tenor podrían multiplicarse indefinidamente. Lo que nos lleva a concluir que no nos hallamos precisamente en una era en la que imperen la objetividad, la ecuanimidad y la honradez intelectual. En estos tiempos de oscuridad y desprecio a la verdad, la Historia ha sido desplazada y sustituida por la histeria. La visión histórica –que ha de estar sustentada en la verdad– ha cedido el terreno a una visión histérica que acaba deformándolo todo, desgarrando la realidad e impidiendo ver con claridad los hechos sobre los que habría que meditar serenamente. Esta visión histérica, aberrantemente partidista, fanatizada, llena de rencor y odio (odio no sólo al enemigo, sino también y sobre todo a la verdad), sea cual sea el campo o bando que la sostenga, está en los antípodas de la Sabiduría.


Sobre la Segunda Guerra Mundial no hablaremos aquí, pues no es éste el momento para tratar este tema tan complejo y delicado, tan embarrado y enturbiado por la propaganda, en el que intervienen otra serie de factores, muy distintos a los que se dan en 1914 y en cuyo análisis no podemos entrar ahora. Bastará de momento con tener en cuenta, como vamos a ver a continuación y como reconocen la mayoría de los historiadores, políticos y pensadores, que en la Primera Guerra Mundial, y sobre todo por la forma tan injusta, abusiva y brutal como se concluyó, están los gérmenes de la Segunda Guerra Mundial, que no fue sino su continuación.


Cuando en la actualidad los periodistas y comentaristas políticos –esas especies que hoy tanto abundan– quieren mostrar el peligro que constituyen determinados líderes y movimientos políticos de diversos países europeos, a los que califican generalmente de “populistas”, suelen decir que son semejantes a “los que provocaron las dos guerras mundiales que asolaron Europa”, esta Europa que luego ha costado tanto reconstruir. ¿Y quiénes fueron tales ocasionadores de tan terribles guerras y tan descomunales destrucciones? Los vencidos, obviamente. Las naciones, los líderes y las ideologías o los movimientos políticos que perdieron la guerra. Y lo más llamativo es que nadie se extraña de tales planteamientos, sino que los admite y asume como algo irrefutable, dando por supuestas las premisas en que se basan.


¿No llama la atención esta unanimidad a la hora de atribuir a las potencias derrotadas en las dos guerras mundiales la responsabilidad y la culpa de la monstruosidad que supusieron ambos conflictos, así como de todos los destrozos y crímenes que en ellas se produjeron?


Que haya podido imponerse de forma masiva y generalizada una visión tan pueril, tan simplista y absurda, es una clara muestra del descenso que ha sufrido el nivel intelectual en la sociedad y la civilización actuales, que tanto presumen de estar sumamente ilustradas, avanzadas al máximo en el campo del conocimiento, de la información, de la intelectualidad y de la racionalidad (se afirma, pomposamente y con orgullo, que estamos en “la era del conocimiento”). El avance de la estupidez, de la imbecilidad, de la ignorancia, de la incultura, de la vulgaridad, de la insensatez y de la demencia colectiva resulta preocupante. Nos topamos aquí con un síntoma bien patente de lo que algunos autores han llamado “la crisis de la inteligencia” o “la decadencia de la sabiduría”. Un tema éste que ya hemos tratado en otras ocasiones, siendo un rasgo típico del Kali-Yuga.


Únicamente en una época caracterizada por un creciente infantilismo, por una cada vez más acentuada superficialidad y banalidad, por un progresivo eclipse de las más altas facultades de la mente humana y por un avance de la necedad y la idiotización de las masas, como esta en que nos encontramos, podía imponerse un esquema tan burdo, tan irracional, tan neciamente partidista y tan ridículamente maniqueo. Para hacer todo esto posible, a ese progresivo infantilismo y ese descenso de la inteligencia se añade un conformismo, un servilismo y una docilidad borreguil que van muy en consonancia con la masificación imperante en la sociedad actual, y sin los cuales no sería concebible la alarmante y generalizada idiotización o cretinización de la población (incluidos los intelectuales y los sesudos pontífices guiadores de la opinión pública). Si se analizan de forma más profunda, objetiva, imparcial y ecuánime los hechos y acontecimientos históricos que ahora nos ocupan, se comprueba lo insostenible que resulta tan superficial, manipuladora y sectaria interpretación.


El mito de la culpa alemana en el desencadenamiento de las guerras mundiales es una patraña inasumible. Si se quiere entender el hondo y trascendental significado de fenómenos históricos tan decisivos y tan trágicos, hay que ir más allá de los dogmas oficiales, de los tópicos y lugares comunes repetidos hasta la saciedad por los medios de adoctrinamiento de masas. Hay que partir de una postura de radical honestidad intelectual, de búsqueda incondicional de la verdad, guiados siempre por la luz de la Sabiduría y por la mirada penetrante que sobre la realidad arroja la cosmovisión sagrada de la Filosofía Perenne.


En vez de regodearnos en lo bien que estamos actualmente gracias a la victoria de “los buenos” en 1918, en lo libres, felices y fuertes que somos ahora después de habernos librado de las fuerzas tiránicas que nos oprimían o nos amenazaban, las tres fechas que hemos conmemorado recientemente –la de 1914, la de 1918 y la de 1919–, tres fechas que acabaron por sellar la definitiva decadencia de Europa, deberían invitarnos a meditar sobre el destino de Europa y de Occidente, sobre el futuro de la civilización y la cultura europeas, hoy día hundidas en una crisis sin precedentes, amenazadas y asediadas por negros nubarrones. Negros nubarrones que amenazan también al resto del mundo y que no son sino la consecuencia y el fruto amargo de aquella catástrofe tan irresponsablemente atizada, alimentada, propiciada o desencadenada por quienes ahora gesticulan y se pavonean como héroes de la paz, la justicia y la libertad, presumiendo de su victoria y paseando por la escena mundial sus aires triunfales.


Aquí, como ya antes apuntábamos, nos vamos a fijar un doble cometido, que resulta indispensable y sumamente necesario hoy día y que nos esforzaremos por cumplir con el mayor rigor:


1) descifrar el significado simbólico de tales acontecimientos históricos —el estallido de la Gran Guerra y su terminación con un ominoso “tratado de paz”–, tratando de descubrir su sentido profundo desde una alta perspectiva espiritual y doctrinal, así como desentrañar el mensaje que tales hechos encierran para la Europa, el Occidente y la Humanidad actuales; algo de lo que prescinden –me refiero en especial a la cuestión capital de la significación simbólica de los hechos históricos– los historiadores actuales, no digamos los periodistas, políticos, intelectuales, ideólogos y demagogos que nos adoctrinan sin cesar, ciegos guiando a otros ciegos;

2) detectar cuáles fueron las verdaderas causas y quiénes fueron los auténticos responsables de la tragedia, descubrir y señalar con la mayor claridad posible las fuerzas, los núcleos de poder, las ideologías y las corrientes de ideas que desencadenaron esa espantosa carnicería (yendo, por supuesto, más allá de los enfoques y las interpretaciones que nos ofrece la propaganda).


Este último punto resulta especialmente importante, si hacemos caso de los mensajes de la propaganda, pues ella misma, al referirse a las dos guerras mundiales, nos insiste una y otra vez en la importancia de buscar y reconocer las causas de dichos conflictos, señalar los males que los provocaron y descubrir a los responsables o los culpables de lo acontecido, para evitar que tales hechos vuelvan a repetirse en el futuro. Ese “evitar que esto vuelva a repetirse” es el mantra persuasivo que el todopoderoso aparato propagandístico de los vencedores repite sin cesar. Claro que eso no se consigue ocultando, deformando o triturando la verdad (como hace sistemáticamente la propaganda), ni tampoco demonizando a los vencidos y atribuyéndoles todas las culpas y todos los crímenes, reales o inventados, que hayan ido asociados o guarden relación con tales conflictos.


Aquí no nos proponemos un objetivo tan ambicioso, como ese que pregona y se propone tan bienintencionadamente la propaganda, de evitar que vuelva a suceder lo que lamentablemente sucedió en el pasado y no debería haber sucedido. Un propósito tras el que se oculta la manipulación de las mentes y las conciencias, necesaria e inevitable para conseguir tal objetivo.


Nuestro propósito es mucho más modesto. No pretendemos evitar que vuelvan a repetirse en el futuro determinados sucesos lamentables y luctuosos, cosa que no está en nuestra mano (carecemos del poder necesario para ello, así como de cualquier pretensión mediatizadora o controladora de las mentes). Nos limitamos a tratar conocer con claridad y a fondo los graves hechos acaecidos, interpretarlos y entenderlos de forma cabal, inteligente y ecuánime, sin presiones interesadas o manipuladoras; penetrar en el sentido y significado de lo acontecido (captar el mensaje que aporta o trasmite), y, por supuesto, extraer las consecuencias pertinentes. Se trata, sobre todo, de una cuestión de conocimiento, de comprensión y de actitud o postura tomada con libertad, con consciencia y a conciencia, con todas sus consecuencias.


Digamos, por último, en relación con una de las efemérides que conmemoramos, que el Tratado de Versalles, con el que se cierra la Primera Guerra Mundial y sobre el que más adelante hablaremos, es la muestra definitiva del auténtico carácter de dicha contienda y de lo que en ella estaba en juego. Al igual que ocurre con otros conflictos bélicos (como por ejemplo la Segunda Guerra Mundial), la manera como termina la Gran Guerra, con la injusta, inicua y violenta forma tanto política como diplomática de cerrar o sellar su fin, resulta tan importante, tan reveladora, tan cargada de significado y de un hondo mensaje, como la manera como esa misma guerra comienza, con las causas directas o indirectas que la desencadenaron.


La forma como termina una guerra nos ayuda a interpretar su verdadero significado desde una amplia, alta y profunda perspectiva espiritual. Los detalles que rodean su fin en los más diversos planos (militar, político, económico, jurídico, étnico, social y cultural) nos proporcionan elementos sumamente valiosos, y muy reveladores, sobre las motivaciones reales, a veces inconfesadas e inconfesables, que movían a las potencias que intervinieron en la guerra, y de manera especial a las potencias que resultaron ganadoras en la misma.


Así, por ejemplo, el comportamiento de los vencedores y el tratamiento dado a los vencidos, su crueldad o su clemencia, su actitud respetuosa o infame y criminal, con el inmenso valor simbólico que en sí encierran todos estos hechos, posturas y actitudes, arrojan una gran luz sobre la realidad que tenemos ante nuestros ojos, luz sumamente reveladora que ya nadie podrá ocultar ni apagar por mucho que lo intente y que nos permite comprender mejor las auténticas razones (o sinrazones) que provocaron, guiaron y agravaron el conflicto, dándole una dimensión mucho grave, honda y trascendente de lo que pudieran pensar sus mismos protagonistas.


                                                                                                                                                                                                                                      Antonio Medrano



[NOTA: En los próximos artículos nos iremos adentrando en los entresijos de la Gran Guerra, su inicio, su desarrollo y su final, profundizando en los factores que están en su origen y en otros muchos aspectos de los que nadie habla, pero que nos llevarán a entender mejor la verdadera significación histórica de dicho conflicto y sus implicaciones o dimensiones más profundas.]