La cosmovisión tradicional

Sus pilares o componentes fundamentales

1. Doctrina sagrada.


Un conjunto de
principios de origen no humano (o suprahumano), trascendente, divino, que orientan la vida en todos sus aspectos y niveles (religión, ética y moral, ciencia, arte, filosofía y pensamiento, orden social, etc.).


Sabiduría milenaria, intemporal,
supratemporal y supraespacial, siempre actual, que viene de los Orígenes. Un Saber con absoluta certeza (sin sombra de duda) sobre lo divino, lo humano y lo cósmico, que tiene su validez y su vigencia por encima de las circunstancias cambiantes de los tiempos, las épocas, las vicisitudes históricas, los lugares y las localizaciones geográficas.


Tiene su origen en una Revelación divina
y se trasmite a través de los siglos de generación en generación (Tradición = trasmisión cuidadosa y respetuosa).


Esta Doctrina reúne los caracteres de
unidad y totalidad: lo abarca todo, no dejando nada fuera de su ámbito y de su campo de visión, dando así unidad a la existencia humana (cosa que únicamente se puede conseguir desde una perspectiva espiritual, trascendente).


La Doctrina tradicional encierra
una auténtica Cosmovisión. Contiene una visión integral del Cosmos, en todas sus dimensiones, aspectos, planos y niveles. Y no sólo abarca el Cosmos, sino también el Supracosmos, la Realidad última y suprema, que está más allá de todo lo visible e incluso de lo que las palabras puedan expresar.


En esa Doctrina está todo lo que podamos necesitar
para encauzar, orientar y organizar correctamente nuestra vida, para realizarnos íntegramente como personas, así como para organizar y articular de forma más general y global la existencia humana en su dimensión social, cultural, política y religiosa.


Un componente importante de la Doctrina tradicional son
las Ciencias sagradas: Cosmología, Astrología, Antropología, Simbología, Mitología, Etimología simbólica (Nirukta), Pneumatología (Meta-psicología), etc. Dentro de las Ciencias sagradas hay que destacar las Ciencias referidas a Dios, la Teoría que nos habla de la Realidad divina, el Saber sobre lo Divino y lo Absoluto: Teología y Teosofía (Sabiduría sobre Dios, incluida la Teogonía), Doctrina metafísica (la Ciencia, Sabiduría o Visión sobre lo que está más allá del Ser y del Uno o la Unidad, sobre el Supra-Ser, sobre la Realidad suprema, sobre lo Infinito y Absoluto).


La Doctrina tradicional es la
expresión de la Verdad una y única, la Verdad suprema y eterna (Paramartha- Satya), fuente y origen de toda verdad. Está basada en la Verdad absoluta que fundamenta y sostiene todas las verdades que podamos encontrar, conocer o descubrir, forzosamente relativas (samvriti-satya), con mayor o menor grado de relatividad (por muy básicas, fundamentales, importantes, elevadas y sagradas que sean).


Pero, siendo una y única la Verdad que inspira y sustenta a la Doctrina tradicional,
no es modo alguno monolítica ni uniforme: admite una pluralidad y diversidad de formulaciones, de fórmulas o expresiones doctrinales –con distintos niveles y grados de elevación o profundidad (como los niveles exotérico y esotérico, fideístico y sapiencial)–, las cuales, aun siendo muy diferentes unas de otras, coinciden en lo esencial y en los puntos capitales.


Tales formulaciones doctrinales son a menudo tan diferentes, que a veces pueden parecer contrapuestas o contradictorias (aunque esto sólo desde una perspectiva muy superficial). Así, por ejemplo, encontramos tradiciones de tipo teísta y otras de tipo no-teísta (como el Budismo y el Taoísmo).


La Doctrina o Sabiduría tradicional
puede asumir muy diversas formas, presentando múltiples enfoques y perspectivas, que se adaptan a las condiciones de tiempo y lugar (según las diferentes épocas y los distintos contornos geográficos, étnicos y raciales), así como a los distintos tipos humanos (su vocación, su mentalidad, sus inclinaciones, sus tendencias básicas, su cualificación y su nivel intelectual). Pero domina siempre la unidad por encima de la diversidad y de las diferencias legítimas, necesarias e indispensables: la multiplicidad en la Unidad y la Unidad en la multiplicidad.


2. Visión centrada en el Principio,
en el Ser (y en el Supra-Ser).


 Gracias a la Cosmovisión tradicional la totalidad de
la existencia está asentada en el Ser, queda arraigada en la piedra inconmovible del Ser, elevándose por encima del Devenir (la rueda del Samsara, das Werden, the Becoming), a diferencia de la civilización moderna, hundida en el caos del puro devenir (inestabilidad, impermanencia, cambio incesante, fluctuación sin norte y sin rumbo). El Devenir sólo puede encontrar orden, estabilidad, armonía y sentido cuando está iluminado por la Luz del Ser.


Por estar fundamentada en el Principio y en su Luz infalible, es una
existencia principiada, con un sólido eje articulador y vertebrador. Es una concepción de la vida axial, árquica (y no anárquica ni desaxiada), catártica y purificadora: formada en torno al Arké (Origen o Principio supremo), al Axis Mundi (el Eje universal que une Cielo y Tierra), guiada por y orientada hacia el Alto Norte (lo que le impide quedar desnortada), cuya consecuencia es una continua catarsis o purificación del ser humano.


Todo gira en torno a la Divinidad, lo Absoluto
(el Supra-Ser), el Cielo, el Centro, el Origen, la Raíz, el Fundamento, el Ser supremo y radical (que da el ser a todos los seres y a todas las cosas, materiales o inmateriales, visibles o invisibles), la Realidad suprema, lo supremamente Real, el Sol eterno, el Norte supracósmico, el Polo superno, el Sentido (que da sentido a todo), el Self o Sí-mismo, el Sumo Bien, la Verdad absoluta, el Uno que todo lo rige (y es Fuente o Manantial inagotable de la multiplicidad).


El Ser
(Sat) coincide con la Verdad (Satya), siendo ambas realidades sendos aspectos o atributos de la Divinidad, modalidades inseparablemente unidas de la Realidad suprema, y estando en ellas el fundamento de todo.

Las dos fuerzas o cualidades fundamentales de Dios, del Ser Supremo, son la Sabiduría y el Amor, la Luz y el Calor, la Luz que ilumina la inteligencia y el Calor vivificante, la calidez amorosa o caritativa. Los dos aspectos del Sol eterno: el resplandor luminoso y el fuego o las llamas que encienden y mantienen la Vida (el Sagrado Corazón: el Sol = Centro o Corazón simbólico del Cosmos).


Dios es un Océano de Amor (
Prem-Sagar), un ancho Mar de Sapiencia.


Apertura a la Trascendencia, a lo Infinito y al Misterio
: el Misterio último y supremo que da vida a la realidad misteriosa en la que el hombre se ve envuelto, con toda su verdad, su bondad y su belleza, que están más allá de todo lo que la mente humana pueda imaginar o concebir, y con la cual realidad el ser humano está en diálogo permanente.


La Visión tradicional toma muy en cuenta asimismo
el misterio que encierran la vida y el ser mismo del hombre, de la Humanidad. Un misterio que los seres humanos, en la civilización moderna, con su mentalidad profana y superficial, suelen ignorar y desconocer, sin asombrarse ante el mismo, sin preguntarse sobre él y sin tratar de desentrañarlo, escudriñarlo y comprenderlo.


Un concepto fundamental:
el Orden (Ordo, Dharma, Asha, Rita, Maat, Tao). El Orden cósmico y universal, con el cual tiene que armonizarse la vida humana. Lo que suele designarse como “orden del ser”.


El Principio es el Fundamento del Orden.
Dios es en sí mismo Orden, el Orden ordenador, fontanal y fundante; el Orden en su esencia suprema y originaria: el Orden que da la orden para que exista el Orden o Armonía universal, la Creación, haciendo posible toda forma de orden (en cualquier nivel: orden intelectual, orden moral, orden lógico, orden matemático, etc.).


Las fuerzas de las Tinieblas, de la Antitradición, son enemigas del Orden. Todos sus esfuerzos y maquinaciones van dirigidos a la socavación y destrucción del Orden. Son los poderes demoniacos, arimánicos, tifónicos y asúricos, que están en los antípodas del Ser, hostiles a todo lo que el Ser y el Orden significan, y que aspiran a reducir todo a la Nada, al No-Ser.


Lo principal en la Doctrina tradicional, en su Vía o Camino, es el Conocimiento. Y quien dice Conocimiento dice Sabiduría. Aquí está la base de todo el edificio doctrinal de la Tradición, en su doble dimensión teórica y práctica. Conocimiento de Dios y su Creación, su Magna Obra, o Conocimiento de lo Absoluto. Conocimiento de la realidad, en todos sus niveles, tomando como cima y base de todo el Conocimiento de la Realidad suprema.


Es este un pilar fundamental que descansa en la identidad entre el Ser y el Conocer. Sólo se conoce aquello que se es. Para conocer algo tiene que abrirse a ello el propio ser, hasta que se haga uno con eso mismo que se desea conocer. Para conocerlo a fondo hay que serlo, tiene que incorporarse a nuestro ser.


El Conocimiento está íntimamente unido con la Consciencia, fundiéndose ambos como una misma cosa. La Consciencia (Chit, Vijnana) es Inteligencia o Intuición pura, Atención plena, Saber directo y penetrante de las cosas que ve con claridad y sin sombra de duda, llegando hasta el fondo o esencia de lo que tiene ante sí.


El Conocimiento va inseparablemente unido al Amor, como reflejo de la misma Realidad divina: sólo se conoce lo que se ama, de la misma forma que sólo se ama lo que se conoce. El Amor o Eros es la fuerza cálida que despierta la capacidad cognoscitiva, potencia la inteligencia (para así comprender mejor las cosas) y enciende tanto el interés como la afición, la ilusión y el entusiasmo por aquello que hay que conocer o que se va descubriendo y conociendo.


Dos de los peores males que afligen a la Humanidad, causa de la mayoría de los males a los que está expuesta y que actualmente padece, son la inconsciencia y la ignorancia. La inconsciencia, ligada a la irresponsabilidad, la irreflexión, la banalidad, la arbitrariedad, la insensatez y la estupidez. La ignorancia como ceguera espiritual (avidya o no-visión), el no ver correctamente la realidad, el no saber distinguir el bien del mal, lo verdadero de lo falso, lo real de lo ilusorio, lo esencial de lo accesorio (espurio y superficial), los verdaderos valores de los antivalores. La ignorancia o avidya es la antítesis de la Sabiduría.


La Vía tradicional consiste en la síntesis de Sabiduría y Amor, Conocimiento y Caridad (Cordialidad), Gnosis y Eros (que culmina en Ágape), Jnana y Prema (o Bhakti, amor unitivo), Prajna y Karuna (Compasión). Dos son las modalidades del Camino espiritual: Vía del Conocimiento (Jnana-Marga: camino de la intuición o visión intelectual) y Vía del Amor (Bhakti-Marga: camino de la devoción, de la entrega amorosa y total a Dios; también camino de la Fe o Pistis).


3. Visión sagrada del Orden cósmico.


El Universo, la Creación, la Naturaleza = Gran Templo, Gran Sacrificio (Maha-Yajna), Cuerpo visible y simbólico de la Divinidad, Hogar en el que encuentra cobijo el ser humano y con el que tiene que convivir en armonía, respetando sus leyes y su funcionamiento.


Dios se revela o manifiesta en el Todo universal. El Universo es el resultado de un inicial y gran Sacrificio: surge al sacrificarse el Uno divino y primordial para que pueda existir la Manifestación, la multiplicidad creada, como organismo ordenado que se integra en la unidad.


En el Cosmos, en la Creación, se manifiestan el Poder, la Bondad, la Belleza y Hermosura, la Sabiduría y el Amor del Creador. Hasta en las cosas más pequeñas de la vida podemos ver el reflejo de esas cualidades o atributos de la Divinidad. Todo está lleno de lo Divino: de bondad, belleza, inteligencia y amor. Todo resplandece con la fuerza, majestad, delicadez y ternura de Dios.


Dios, en quien se unen Trascendencia e Inmanencia, aunque está más allá de todo lo existente, de todo lo visible, imaginable o concebible, se hace presente en la totalidad del Universo, en todo lo creado. Dios es la pura Presencia, el siempre y por doquier Presente. Presencia o Presente es uno de sus nombres.


El Universo es un Todo perfectamente ordenado, articulado y jerarquizado, en el que con la imperfección propia de todo lo manifestado, lo relativo y condicionado, lo que no es el Principio divino, refleja la perfección de ese mismo Principio del que ha surgido y lo mantiene en orden.


Es Cosmos está formado como un complejo y delicado tejido de alta significación simbólica. Un tejido primorosamente cosido, ligado y entrelazado por la hebra áurea o hilo dorado del Logos, la Palabra divina, que lo cose, zurce, pespunta, remienda y une todo con su fuerza sabia y amorosa.


El Cosmos o Universo semeja a una grandiosa sinfonía, un magno concierto, un gigantesco coro o una inmensa danza, en los cuales cada parte, cada pieza o instrumento , cada ser y cada cosa, vibra a su modo, hace sonar su propia música y su propio tono, danzando, cantando o resonando armónicamente junto al resto, bajo la batuta del supremo Compositor y Director de la orquesta universal.


Los seres creados, las realidades naturales y cósmicas forman una escala para llegar a Dios (San Buenaventura, Fray Luis de Granada, San Roberto Belarmino). Escala simbólica y jerárquica que permite conocer a su Creador, el Sumo Hacedor, el Artista o Poeta supremo.


El Cosmos forma una gran Comunidad de la que todos seres forman parte, unidos por lazos de hermandad, sabiduría y compasión. Todo está interconectado e interrelacionado, todo influye en todo: “Red de Indra” (una red de sentido en la que unos seres se iluminan a otros, recibiendo todos ellos la Luz del Logos). Visión ecológica sacra.


Compasión, caridad y fraternidad universales. Todos los seres están unidos entre sí por lazos de hermandad, como hijos del Creador, el Padre-Madre Eterno. Todas las creaturas son nuestras hermanas (San Francisco de Asís).


El Orden universal se mantiene mediante el sacrificio (yajna), el rito sagrado (el sacer facere = “hacer sacro”), que los seres humanos realizan repitiendo el sacrificio originario del Dios creador o los ritos instaurados en el pasado, en tiempo inmemorial (in illo tempore) por el Héroe fundador de la tradición concreta (en la cual vive un pueblo o una raza).


La Tradición forma parte de la Creación o Revelación divina. Las religiones, las tradiciones, las enseñanzas y culturas tradicionales son una pieza más del gran sistema o complejo tejido que es el Orden universal.


Sin ellas la Humanidad se aleja irremisiblemente del Cosmos, le da la espalda, lo profana y viola, adoptando una posición anticósmica, anticreadora o descreadora: cae en el desorden, el caos, la destrucción nihilista.


Dios se revela y manifiesta tanto en la Creación, en el Orden natural, como en la Tradición o Sabiduría universal, en las diversas tradiciones sagradas, que vienen a completar y perfeccionar la Obra divina que es la Creación.


4. Visión espiritual del Hombre.


Y por tanto también de la Vida, la Cultura y la Historia, en las cuales se desenvuelve la existencia humana.


Visión antropológica sacra, integral y unitaria del ser humano (no escindida, desintegrada, reduccionista, fragmentaria ni parcialista).


Articulación triádica, tridimensional y jerárquica, del hombre. Formado, de forma unitaria pero claramente diferenciada, por tres planos: cuerpo, alma y espíritu. Con preeminencia del Espíritu, el Pneuma, la Esencia interna, espiritual o pneumática, sobre las dos envolturas materiales, la anímica (psíquica o mental: materia sutil) y la física (corporal o somática: materia grosera).


El Espíritu es “el Reino de los Cielos” que está dentro de nosotros, la Presencia divina en lo más íntimo del ser humano. El Sí-mismo o Yo eterno que constituye nuestra mismidad (yo mismo), y que me permite decir “yo soy”.


En el hombre se hacen presentes dos dimensiones contrapuestas: la relatividad y la absolutidad, lo relativo y lo absoluto, lo finito y lo infinito, lo inmanente y lo trascendente, lo celestial y lo terreno, lo eterno y lo temporal (perecedero y efímero). Es un ser finito, condicionado y limitado, inmerso en la relatividad, en el que mora lo Absoluto, lo Infinito, lo Ilimitado e Incondicionado.


El hombre es “el Rey de la Creación”, hecho a imagen y semejanza de Dios. En él se hacen presentes los dos aspectos esenciales de la Realidad divina: la Sabiduría y el Amor, la Inteligencia y la Compasión o Clemencia (la Bondad). Como Rey es responsable del bien, la armonía, la estabilidad, el equilibrio y la buena marcha de la Creación.


El Hombre es un microcosmos, reflejo del Macrocosmos, y, al igual que éste, un templo vivo de Dios. No puede estar en conflicto con el Macrocosmos, del cual forma parte y que se refleja en su mismo ser.


Misión del hombre: actuar como intermediario entre Cielo y Tierra, entre la Divinidad y la Naturaleza. Función pontifical, sacerdotal, cósmica y cosmizadora (cocreadora). Colaborar con el Creador para perfeccionar la Creación y mantener el Orden frente a las asechanzas de las fuerzas del caos y las tinieblas.


Primacía de la Persona sobre el individuo, de lo personal sobre lo individual. Personalismo o Humanismo sagrado. El individuo tiene que hacerse persona: ha de buscar su pleno desarrollo, su perfección, sometiéndose a un proceso personalizante que convierta en algo real lo que en él está en un nivel de potencia virtual, aquello que contiene dentro de sí como inmenso conjunto de posibilidades que han de actuarse (pasando de la potencia al acto).


Afirmación de la Personalidad metafísica (el Purusha, la interna Ciudad de Dios, el Castillo interior, la Torre íntima e inexpugnable) sobre la individualidad psicofísica, efímera y fugaz, servil, limitada en el tiempo y el espacio, vulnerable, egocéntrica, aferrada a la pura horizontalidad en la cual generalmente se pierde y difumina quedando esclava de ella.


En el centro de todo está el misterio que es cada ser humano como ser único e irrepetible: el misterio de la subjetividad, de la personalidad, del yo, de la intimidad, de la conciencia, de la autoconsciencia, de la propia identidad o mismidad. El misterio o arcano que encierra el poder decir “yo soy” y preguntarse “¿quién soy yo?”. La subjetividad en toda su dimensión trascendente, ligada como contrapartida o polo complementario a la pura objetividad (que no el subjetivismo, ligado al relativismo y la arbitrariedad partidista).


El misterio también de la inspiración que nos viene en cada momento de nuestro caminar terreno; el misterio o secreto de la propia naturaleza (uno de los más importantes a descubrir o desentrañar); el misterio del destino y la vocación que cada uno tiene como contenido, sentido y razón de ser de su vivir (y que no encontraremos sin la necesaria e indispensable inspiración). Misterios todos ellos vinculados a la propia subjetividad, identidad y personalidad.


El hombre (el ser humano, hombre o mujer, varón o fémina) es pura llamada, pura llamarada, pura llama. Llama que llama y convoca con voz alta y sonora, que enciende y aviva en el alma una hoguera capaz de incendiar el mundo con el fuego del amor, del entusiasmo y de la firme convicción.


Llamada fogosa y ardiente que resuena en el fondo de su ser, en su propia experiencia interior (personal o subjetiva), que lo (o la) mantiene en vida, le acaricia y azuza, y le señala su camino (a cada cual el suyo). Llamada que llama al combate y a despertar, que emplaza, incita y anima a la grandeza, a la liberación y la iluminación.


Llamarada que alumbra en el interior, rebosante de luz y calor, de inteligencia y amor (devoción, simpatía, ternura, amistad, compasión). Llamarada no pasajera sino intensa y duradera, que ilumina la propia existencia y la hace resplandecer de nobleza; llama que arde con fuerza irresistible e inextinguible en el hondón del propio ser impulsando a la acción.


Llamarada o fogarada cuyo radiante fulgor le hace sentirse nada y nadie (poca cosa, casi una nulidad, en la inmensidad del Universo), pero al mismo tiempo alguien con la más alta dignidad, con algo muy importante que hacer en este mundo (y que, haciéndolo se hace él mismo, o ella misma, como persona, como ser espiritual, como ser único y no equiparable a ningún otro).


Visión de la Historia como afirmación o eclipse de la espiritualidad, como avance o retroceso de la Tradición, como elevación o caída de la Humanidad (descenso o decadencia que es consecuencia de la pérdida de la visión sagrada). El misterio de la Historia gira en torno a la presencia o aparente ausencia de lo Divino. Más que registrar un progreso y una evolución, como interpreta la mentalidad moderna (con su ciega fe progresista y su irracional creencia ideológica evolucionista), la Historia de la Humanidad, en sus líneas generales, constituye una involución y una regresión (en lo espiritual, sapiencial, intelectual y moral, con una creciente materialización y degradación). Con momentos muy significativos de restauración tradicional, de mayor o menor trascendencia, parciales o con una incidencia más global.


La Historia universal, la Historia de la Humanidad es el escenario en que se desarrolla, a través de los siglos, la lucha que libran las fuerzas del Orden y la Luz contra los poderes del Caos y las Tinieblas. Concepción cíclica y simbólica de la Historia. Los hechos y sucesos históricos tienen un gran significado simbólico que hay que saber dilucidar e interpretar.


5. Concepción vertical de la Vida.


La Vida tiene un hondo sentido: es un caminar, peregrinar o navegar que viene de lo Absoluto y va hacia lo Absoluto; tiene como meta y fin lo Absoluto.


Visión trascendente, espiritual, sagrada, gnóstica, amorosa y compasiva, poética y heroica de la Vida. La Vida es empresa, proyecto y aventura de alto porte, consistente en la realización y conquista de los más altos valores. Lucha de la Luz contra la Oscuridad, del Orden contra el Caos, de la Verdad contra la Mentira, del Bien contra el Mal, de la Virtud contra el Vicio, de la Paz y la Justicia contra la Violencia y la Injusticia.


La Vida es un don que hemos recibido de lo Alto. Un don que hemos de agradecer y que origina un deber: el deber de devolverla y entregarla enriquecida. Se nos ha dado para que la demos, para que la entreguemos con nobleza, generosidad y buen ánimo, de forma heroica y desinteresada.


Vida = servicio, compromiso, sacrificio, entrega (comprometerse y entregarse), deber, tarea a realizar, misión y destino. Es también reto, desafío, camino, senda a recorrer, proceso (en el que evolucionar y avanzar), lucha, combate incesante, milicia. Milicia al servicio del Bien y de la Verdad.


Cada ser humano viene al mundo y a la vida con una misión que sólo él (o ella) puede llevar a cabo, con un destino y una vocación que van ligados a su intimidad o mismidad, su ser más profundo. Realizando esa vocación y misión, cumpliendo su destino, cada uno de nosotros se realiza como persona y como héroe o heroína espiritual.


La Vida adquiere su cumplimiento cuando se escucha, se sigue y se obedece la llamada de la propia vocación (para cada uno la suya, diferente a la de los demás, aunque pueda ser semejante), que es llamada de lo Alto que resuena en el propio interior y nos convoca para participar en un gran combate, la guerra santa en la que se decide la suerte del Mundo, del Universo.


Vivir con plenitud, de forma sagrada, heroica, uránica y solar, significa trabajar y luchar por la gloria y el honor de Dios, que es tanto como decir por el triunfo del Bien y de la Verdad. Lo cual se logra cuando en nuestros actos, nuestras palabras y nuestros pensamientos, ideas, ideales y convicciones se reflejan la luminosidad y el resplandor del Sol eterno.


La Vida hay que consagrarla al servicio de la Idea, la Idea divina y eterna que contiene todas las ideas (en sentido platónico), todos los arquetipos y modelos de lo que en la existencia encontramos de valioso. Hay que ofrendarla al servicio de un gran ideal inspirado en los más altos valores, los únicos que pueden dar al vivir humano nobleza y grandeza. Hay que vivirla y proyectarla al servicio del Espíritu, de la Sabiduría, de la Aristía, de la Vida, de la Tradición, de la Patria y la Cultura recibidas de los ancestros.


El hombre tradicional vive como mílite o guerrero de lo Absoluto, miembro de la sacra milicia del Grial (el Santo Cáliz símbolo del Centro solar). Lo cual vale también para la mujer tradicional, verdadera amazona que lucha con valentía y tenacidad femeninas al servicio de la Divinidad en cualquier puesto en el que se encuentre y sea cual sea la tarea que le corresponda en cada momento.


Ambos, combatiente femenina y campeador masculino, luchan, trabajan y se esfuerzan denodadamente, heroicamente (en todas sus tareas cotidianas), para instaurar y defender el Orden, lo cual significa abrir caminos para que reinen en la sociedad humana la Paz, el Derecho, la Justicia y la Libertad.


Todo esto supone sacrificio, en todos los sentidos de la palabra. La Vida adquiere su máximo valor cuando es vivida con sentido sacro y sacrificial. Nuestra vida, nuestra persona y nuestro ser (y sobre todo nuestro ego) han de ser inmolados, ofrendados y sacrificados a Dios. Han de ser ofrecidos cada día como oblación en el altar que es su Creación. La muerte o inmolación del yo es la condición de la vida buena, libre, sana, plena y total.


La Vida ha de ser vivida como un juego sacro, actividad lúdica, deporte hierático y uránico, lance olímpico. Un juego que nos lleva a participar en el Lila o Juego divino y en el que nos jugamos el ser o no ser. En ese juego, sumamente serio pero también alegre y gozoso, emocionante y desinteresado, alcanzamos la más elevada y auténtica libertad.


La Vida debe vivirse como una danza rítmica, ritual y sagrada, imitando la Gran Danza de Dios, con la que sostiene amorosamente el Orden universal, y participando en ella (Shiva, personificación de lo Absoluto, es el Rata-Raja, “el Rey de la Danza”). Para vivir bien, con sentido y con dignidad –y no en el absurdo, el sinsentido, la vulgaridad y la indignidad–, hay que saber luchar, jugar, danzar y bailar en honor de Dios, moviéndose en armonía con el ritmo cósmico y divino.


Hay que representar de la mejor manera posible el papel que nos ha sido asignado (o los diversos papeles que nos correspondan en cada momento) dentro del gran teatro del Mundo y de la Vida, sin identificarnos demasiado con el personaje que tenemos que representar o encarnar.


Todo ello significa vivir con desapego y generosidad creadora. Con la alegría, la confianza, la paz, la serenidad, el gozo y el disfrute de sabernos protegidos, inspirados y guiados por Dios. Saber que el Dios que nos da el ser y la vida está siempre con nosotros.


Lo fundamental es la Consciencia, el vivir consciente, con atención y con presencia interior (presencia de ánimo). Vivir en todo instante dándose cuenta de “lo que hay”, lo que existe y sucede tanto fuera como dentro de uno mismo (awareness). Consciencia que es ante todo autoconsciencia, un verse a sí mismo con atención y claridad, un dirigir la mirada de forma serena hacia el propio interior para reconocerse, sentirse y serse en plenitud.


No vivir de forma inconsciente, distraídos y despistados, como amnésicos, sino vivir con clara consciencia y memoria de nuestro ser, de nuestra esencia y nuestro alto destino (recordar en todo momento quién soy, de dónde vengo y adónde voy, y qué he vendido a hacer aquí (en este mundo). Vivir con el permanente recuerdo de Dios, del Principio y Origen que es también la Meta, el Fin último; con el recuerdo también de los dones que de Él hemos recibido y de lo que estamos llamados a ser.


La vertical del Espíritu ha de afirmarse, con una función rectora y dominadora, sobre la horizontal de lo mundano y terreno, de lo contingente y efímero, de lo sensible, de lo mental, de lo biológico, de lo vital o existencial, de lo instintivo, de lo sentimental y emotivo. La columna enhiesta del Ser se afirma, con su rectitud y verticalidad señeras, sobre la horizontalidad del Devenir, con su incesante cascada de sucesos y alteraciones, al que imprime orden, dirección, sentido, inteligibilidad, equilibrio y armonía.


Primacía de lo espiritual sobre lo material: las cosas materiales, naturales, sensibles, tangibles, visibles y externas están al servicio de la Interioridad, del Espíritu, que es el Líder o Guía interno del ser humano, el Faro íntimo que nos guía hacia el puerto que es nuestro destino.


Primacía de lo absoluto sobre lo relativo. La existencia es el dominio de la relatividad, todo en ella es relativo, pero lo relativo se difumina, diluye y desvanece ante la altura, fuerza y grandeza de lo Absoluto, que se hace presente en la Esencia espiritual del ser humano. La antítesis del mundo moderno: en el cual se relativiza lo absoluto y se absolutiza lo relativo.


Primacía de lo real sobre lo ilusorio y aparente. Anteponer “lo que es” a lo que parece o simula ser. Punto este de especial importancia en un mundo como el actual en el que imperan y se siente una fuerte inclinación por las apariencias, lo ficticio y lo fingido, lo virtual, lo irreal, lo falso y quimérico, lo ilusorio o ilusivo, lo fantasmagórico, lo engañoso, lo incoherente e inconsistente, la falsedad y la mentira.


Realismo integral y radical (que va a la raíz de las cosas, sin concesiones, componendas ni compromisos espurios). Realidad y realismo frente a Ideología: la realidad y lo real frente a los enfoques y planteamientos fraudulentos, y especialmente los introducidos por las ideologías. Cosmovisión realista, majestuosamente superadora de todas las seudo-cosmovisiones ideológicas (que simplifican y deforman la realidad, la violentan y envilecen, para ajustarla a sus esquemas apriorísticos).


Primacía de lo perenne y permanente sobre lo perecedero, fugaz y pasajero. Búsqueda ante todo de lo realmente valioso, que se atesora para siempre, en vez de obstinarse en conseguir lo que tiene una validez prestada, efímera, volátil, no muy sólida ni duradera. La Sofía Perenne por encima de las opiniones, las modas, las tendencias y las corrientes de ideas, los juicios y prejuicios que imperan en cada momento. Las Verdades intemporales de la Tradición, con su riqueza plural e imperecedera, por encima del superficial “pensamiento único” que hoy se nos trata de imponer como verdad absoluta e indiscutible.


Las enseñanzas inmortales de los grandes Maestros por encima de las elucubraciones discutibles o sofísticas de sesudos pensadores o escribidores, las patrañas pergeñadas e inoculadas por la propaganda, las consignas de lo política o ideológicamente correcto, los seductores esquemas montados por los medios de adoctrinamiento de las masas y los sistemas de idiotización colectiva. El honor, la rectitud y la virtud sobre los espejismos de la fama, sobre el brillo de lo insustancial, sobre el conformismo cobarde y gregario, sobre el dinero y la riqueza material, sobre la habilidad para comprar y vender cualquier cosa (incluso mentes, conciencias, afectos, amores, adhesiones, votos y apoyos).


Primacía de la autenticidad sobre la deformación y la hipocresía (la impostura laicamente cultivada y consagrada). Autenticidad que significa fidelidad al Ser (al Logos), lealtad al propio ser (el propio logos interno). Afirmación y cultivo del ser auténtico frente a la doblez y lo artificioso, frente a la simulación y el fingimiento sistemáticos, frente a la invasión y tiranía de lo inauténtico, frente al dogmatismo del error y de la mendacidad sistémica (orgullosa de su propia falsía y de su habilidad para deformar los hechos y la realidad).


Primacía del ser sobre el hacer y el tener. Prioridad indiscutible de lo que uno es (quién es y cómo es realmente, con sus cualidades y virtudes) sobre lo que uno aparenta ser, así como sobre lo que hace (llevado por la inclinación activista) y lo que uno posee (acumulando bienes, dinero, relaciones, cargos, honores y alabanzas).


Primacía de la contemplación sobre la acción. La vida activa tiene que estar guiada por la visión contemplativa: el ver y seguir la Verdad, dejarse impregnar por la Sabiduría. La vida es acción, vivir es actuar y obrar, pero ese movimiento activo ha de estar guiado por la contemplación, que es la forma suprema y más pura de acción, la acción fundante y legitimadora.


Superioridad de la Esencia sobre la existencia (lo esencial sobre lo existencial), de lo numénico sobre lo fenoménico. El Numen, la Idea, lo Celestial, lo Eterno y Trascendente, ilumina y da significado a las apariencias: la existencia fenoménica, los sucesos y acontecimientos por muy llamativos o espectaculares que sean, los datos de las ciencias naturales, lo que aparece ante nosotros (del griego faínomai, pronunciado fénome, “aparecer”), lo que se manifiesta a nuestros sentidos.


La tendencia sátvica (ascendente, centrípeta, luminosa) ha de dominar sobre la rajásica (anagógica, centrífuga, activa, expansiva) y la tamásica (catagógica, descendente, oscura, inercial, deprimente).


Para gozar de una vida sana, bien articulada, tienen que estar en armonía los tres planos de la Mente que intervienen en la configuración de nuestro devenir vital: lo racional, lo irracional (o infrarracional) y lo suprarracional (el Intelecto, el Nous o Buddhi), respetando su correcta jerarquía: lo suprarracional por encima de lo racional (iluminándolo), y lo racional por encima de lo irracional (la razón guiando y controlando lo que se mueve por debajo de ella, en el subsuelo de lo psíquico).


La vida humana es pura inspiración. Inspiración que se recibe de lo Alto, que nos llega como Gracia, que recibimos de manera gratuita y graciosa y que hace que resulte fácil y grato el esfuerzo que tenemos que realizar al ir creando, forjando y modelando nuestra vida. La vida está llena de momentos inspiradores.


Vivir es respirar: dejar que el aire (símbolo del Espíritu o Pneuma) entre y salga rítmicamente de nuestros pulmones; respirar de forma consciente y agradecida; un continuo inhalar y exhalar la fuerza de vida; tomar aliento e inspiración para la magna obra o tarea que tenemos ante nosotros.


Nuestra vida es respiración que viene de Arriba y del Centro: un permanente inspirar y ser inspirados (inspirar al prójimo trasmitiéndole la inspiración, enseñanza o formación que hemos recibido). Más que respirar somos respirados: respirados por el Aliento supremo que nos da el ser y la vida, que nos hace latir de forma renovada a cada instante, y que nos lleva a descubrirnos y encontrarnos a nosotros mismos.


6. Cultura sagrada, integral y esencial.


Asentada en los tres pilares o cauces de lo Sagrado: Rito, Mito y Símbolo. Tres cosas cuyo valor y significación resultan incomprensibles para la moderna mentalidad profana y antisagrada (antiritual, antimítica y antisimbólica, que busca obsesivamente la desritualización y desmitificación de todo lo que se ofrece a su mirada, incluso en el ámbito religioso, despreciando, degradando o profanando al mismo tiempo los símbolos).


Cultura tendente a la realización de los tres valores básicos y supremos: Verdad, Bien y Belleza. Y la Justicia como síntesis del Bien y la Belleza, de lo Bueno y lo Bello: la armonía y la justeza en las acciones, las actitudes, los comportamientos y las relaciones, las ideas y los ideales.


La virtud de la Justicia ocupa un lugar preeminente en la Cosmovisión tradicional, en su concepción del mundo y de la vida. La Justicia como alta virtud que asigna a cada cosa su puesto y función dentro del Todo, que respeta, reconoce y da lo suyo a cada ser (cada fragmento, nivel, parcela o aspecto de la existencia), señalándole sus derechos y deberes legítimos.


Virtud que viene a ser expresión de la Justicia o Ley divina, así como de la Justicia o Ley cósmica, las cuales respeta y en las cuales se inserta. Esta última, por ejemplo, nos dice que lo que se hace mal, se acaba pagando; que en la vida se cosecha lo que se ha sembrado (Ley del karma); todo tiene su castigo o recompensa, sus buenas o malas consecuencias.


Esta Justicia es la garantía de la paz, el orden, la armonía y la salud, tanto en la vida individual como en la vida social. Según Platón y Buddha: Justicia = orden = salud (cada cosa en su sitio y en su justo orden, desempeñando correctamente su función, respetando el orden jerárquico y ajustándose a él).


La Cultura como cultivo del ser humano para lograr su realización plena, su perfección, su libertad y su felicidad. Cultura que tiene su base en el Culto, el Rito, la dimensión ritual y litúrgica de la vida. El Rito armoniza el actuar y el vivir humanos con el Rita, el Orden cósmico: hace que se mueva, lata y fluya en consonancia con el ritmo cósmico.


[La palabra “Cultura” viene precisamente de “Culto”, la religión y los ritos sagrados, y de “Cultivo”, la labor de cultivar la tierra, la agricultura, con el arar y sembrar el terreno para obtener una buena cosecha de alimentos. Cultivarse como persona significa, en efecto, ararse y sembrarse para crecer internamente y recoger una buena cosecha vital. El individuo sin culto es un inculto, una tierra en barbecho, un erial sin cultivar ni labrar.]


La Religión es el núcleo, el meollo o el tuétano de la Cultura y la Vida tradicionales. Y también su cima, su cumbre, cúpula o corona. La Religión como re-ligación o re-vinculación con el Principio, con el Origen, con el Ser supremo que da el ser a todo cuanto existe.


La mirada hacia lo Alto, la oración y la plegaria, la adoración, la actitud oblativa, la bendición, la palabra santa y santificadora, la acción de gracias y la meditación constituyen el centro del Culto y de la Cultura. El Saludo al Sol es el inicio del día: saludo ritual que expresa veneración, gratitud y ofrenda.


La Cultura tradicional, con su sentido de totalidad y unidad, abarca los tres planos de la realidad: lo divino, lo cósmico y lo humano. Situando al hombre en el centro, entre lo que está arriba y lo que está abajo, con una actitud de profunda humildad y hondo realismo.


La Cultura tradicional significa el cultivo de la Virtud, de la Bondad, de la Rectitud, del Honor, de la Nobleza, de la Aristía o Arianidad, de la Integridad, de la Dignidad sagrada de la Persona, de la Sabiduría, de la Palabra dadora de sentido y forjadora de unidad. Todo lo cual no es posible sin el Culto.


Mito y Símbolo forman parte del Culto y la Cultura. Sin ellos no hay auténtica Cultura. El Mito como fuerza impulsora y orientadora de la vida: expresión de verdades y principios de índole suprarracional; elemento intelectual de conexión con el Origen y el Misterio, que habla al hombre sobre su puesto y misión en el Cosmos y su relación con el Universo y la Divinidad.


El Símbolo como lenguaje sagrado que permite descubrir el entramado secreto del Universo, el cual tiene una estructura simbólica, trasmitiendo un valioso mensaje que nos ayuda a percibir el significado profundo de las cosas, sus relaciones sutiles y su interconexión profunda. En el Universo y la Vida todo es símbolo, todo es signo: todo habla por signos, señales y analogías, todo contiene una significación y una enseñanza espiritual.


Dos elementos capitales en la Cultura tradicional y en el cultivo de nuestro ser, en nuestra realización como personas: el Ver y el Escuchar. El esforzarse por ver con claridad y objetividad, por ver la Verdad que nos ha de guiar y que está dentro de nosotros mismos, por ver cuál es nuestro puesto en el Mundo y cómo debemos actuar. El escuchar la Voz de lo Alto, la Voz de la Sabiduría, la Voz del Logos. Escuchar el mensaje de la realidad, de los sucesos y circunstancias que nos rodean, a través de todo lo cual nos habla Dios (el Hado, la Providencia divina).


El saber escuchar y el saber ver y mirar revisten la mayor importancia para la Senda tradicional. Enseñándonos a escuchar, ver y mirar, nos enseña a vivir, vivir como es debido, con sentido y mesura, y con ello nos ayuda a cumplir la misión y el cometido de nuestra existencia.


Lo más importante es la recta visión, para la cual es imprescindible la recta escucha (la recta atención, la apertura mental, el estudio de la Doctrina). La mirada es capital: la forma de mirar y de ver la realidad, la forma de mirarnos y vernos a nosotros mismos, la forma de abrirnos, de observar y atender a la Realidad suprema, a la Verdad absoluta.


De la recta visión y la recta escucha brota la recta acción. La acción justa, diestra, buena y certera, capaz de acertar y dar en el blanco de la diana: la acción correcta tanto de pensamiento como de palabra y obra. La verdadera acción en el pleno sentido de la palabra (lejos tanto de la inacción inerte o perezosa como de la degeneración activista).


La Verdad es la clave de todo. Es el eje, el cimiento y el elemento iluminador de la Cultura tradicional. Sin la Verdad todo se desmorona. El bien ha de ser verdadero bien y la belleza ha de ser verdaderamente bella.


La existencia está sometida a la Norma (un alto y exigente criterio normativo, puramente objetivo), el Nomos, el Fas (y no el Nefas, que haría que las acciones resultaran nefastas). La Norma, expresión del Numen, del Logos que es Razón y Palabra, Luz y Ley (Lux y Lex), da ritmo, orden, lógica y racionalidad, sentido y significado a la Vida.


El Logos es la Ley que dicta e inspira lo legal, lo legitimo, la lógica jurídica, lo bien legislado, lo justo y correcto. Según la tradición romana, el Jus o Ius, el derecho humano, lo jurídico mundano, tiene que estar basado en el Fas, el Derecho divino, la Norma o Ley uránica, la Voz o Palabra de Júpiter, el Padre celestial (Logos = Palabra y Razón; del griego légein, “hablar, decir”). La Justicia no es posible alejándose del Logos eterno, trascendente e inmanente: Logos = Ley (latín Lex, legis), Legge, Lege, Law, Lov, Lag).


Todo está sujeto a la Ley y la Norma. Todo en la vida tiene sus normas, sus leyes y reglas (como, por ejemplo, las normas de la recta acción, las leyes matemáticas, las reglas o normas del arte, de la poesía, de la lengua, de la ortografía y de la cortesía). Y estas normas, reglas o leyes, cuando son justas y legítimas, no son sino una derivación o concreción particular, condicionada y relativa, de la Ley eterna, la Norma Suprema, que viene a coincidir con la Razón celestial o divina. Algo que le resulta muy difícil sino imposible de aceptar para la moderna mentalidad anómica, nihilista, individualista, relativista y subjetivista.


La Norma es condición y garantía de la normalidad en todos los órdenes, aspectos y niveles de la existencia. Y por tanto también de la libertad.


No hay libertad sin normas y sin orden. La anomia, la carencia de normas, la rebeldía contra la Norma, conduce a la tiranía, la opresión y la esclavitud.


7. Articulación orgánica y jerárquica de la Sociedad.


La misma jerarquía que impera en el ser humano, en su articulación y organización personales –con lo anímico y lo somático sometidos a lo espiritual–, ha de imperar en la estructura social. Lo social, colectivo o comunitario es un reflejo ampliado de lo individual y personal.


El orden social es una manifestación concreta del Orden universal en el plano humano y en el devenir histórico. La sociedad humana debe estar en armonía con el Orden cósmico, el Orden natural. La sociedad tradicional es expresión del Ordo, del Dharma.


Por eso una sociología correcta, justa, sana y bien fundada (sabia, legítima) tiene que estar basada en la Cosmología (la Doctrina cosmológica, la Ciencia y el Conocimiento sagrados del Cosmos). La Sociología es en realidad una rama de la Cosmología (al igual que la Antropología). Sin una adecuada doctrina cosmológica no se puede entender cabalmente, a fondo, en su más amplia y profunda envergadura, la realidad humana tanto en su dimensión social y cultural como en su dimensión histórica.


La forma ideal de organización social es la Comunidad: forma de organización principiada, asentada en sólidos principios espirituales y animada por un aliento sagrado; unida por vínculos afectivos, históricos y vitales, y no por intereses materiales. La Comunidad tiene como cimiento y cemento unitivo, y también como savia nutricia, la fuerza del Amor en vez de estar basada en el cálculo egoísta, que lo que hace es desunir, dividir y enfrentar.


El Orden cósmico, la riqueza de la Creación, se manifiesta en el nivel humano a través de tres realidades vivas y fundamentales, que no son creación humana y que tienen un hondo significado, junto a su dimensión cualitativa, su cualidad diferenciadora y enriquecedora, orgánica y personalizante: Sexo, Casta y Raza; los sexos, las castas y las razas.


En los sexos, las castas y las razas se hace visible y patente, como no podía menos de ser siendo obra del Creador, el mismo sublime misterio que se nos manifiesta en el misterio del Cosmos y en el misterio del hombre (un misterio que es incapaz de captar ni comprender la razón discursiva, el arma o instrumento predilecto del racionalismo). Se trata de realidades vivas, con un mensaje y significado espirituales, misteriosas tanto por su origen como por su naturaleza y sentido.


Tres realidades que el orden tradicional respeta, defiende, protege, promueve y cultiva como algo sagrado, surgido de la mano de Dios. Tres realidades que la civilización moderna, profana y profanadora, anticósmica, niveladora, igualitaria y democratista, trata de socavar, diluir y destruir por todos los medios.


Casta = vocación profunda y fundamental (sacerdotal, contemplativa o intelectual, guerrera, mercantil o económica, artesana o laboral, agraria o campesina, etc.). Raza = Raíz, raíces vitales; Sangre, herencia, tradición carnal y sanguínea, genética, biológica o viviente. Una realidad natural que perdura a lo largo de los siglos y se manifiesta en rasgos tanto físicos como anímicos y espirituales.


La Raza va conceptual y vitalmente ligada a la familia, el linaje, el parentesco, la tribu, la etnia, la nación, la estirpe, el idioma (la lengua materna), el hogar, la patria, la nacionalidad, la tierra en que se ha nacido, los usos y costumbres, los mores (o moral colectiva), la heredad de los antepasados, lo recibido del padre y la madre. Conceptos todos ellos, llenos de misterio, que adquieren una gran importancia en la Cultura tradicional.


He aquí tres aspectos fundamentales de la realidad humana que ha de tener muy en cuenta cualquier sociedad, civilización o cultura para desarrollarse, crecer, funcionar y vivir en orden, de forma sana y vigorosa: el sexual, el racial y el castal o vocacional. Tres caras o facetas de lo humano que forman parte del orden natural y son autenticas fuerzas cósmicas. El ignorarlas o ir contra ellas no puede sino generar situaciones catastróficas e inhumanas (antihumanas), acarreando tremendos males de todo tipo.


En la Comunidad tradicional adquieren un protagonismo capital los cuerpos intermedios, las instituciones, entidades y organismos sociales situados entre el Poder y los individuos (la sociedad o la población), dando forma y articulación a esta última, que deja de ser simple número, “masa” o aglomeración indiferencia-da de “gente”, demos o mole demótica fácilmente manipulable por la demagogia y la tiranía, para convertirse en auténtico “pueblo”, organizado en libertad, consciente de su deber, con sus propios recursos y sus propias fuerzas, que no necesita los favores y halagos corruptores de los poderes públicos (con su burdo clientelismo), no se doblegará ante sus amenazas ni tolerará sus interferencias, intromisiones o presiones tan arbitrarias como ilegítimas.


Entre tales cuerpos intermedios cabe citar: la familia, las empresas, los gremios o corporaciones, las asociaciones sindicales, las cooperativas, las agrupaciones profesionales y culturales, los estamentos, las órdenes y organizaciones religiosas, los centros docentes (escuelas, colegios, universidades), las instituciones locales (municipales, regionales), etc.


La Comunidad se halla unida por fuertes vínculos, que van más allá del provecho o capricho individual, y está regida por los criterios de jerarquía, diferenciación, autonomía y libertad, coordinación y unidad. Es un claro ejemplo de la unidad en la pluralidad y la pluralidad en la unidad. En la Comunidad tradicional reina la unidad, pero no la uniformidad, que es la adulteración y deformación de la verdadera unidad, su reflejo degradado y antagónico.


La Comunidad está imbuida de un aliento aristocrático: busca la elevación de todos sus integrantes, cada uno en su plano y con arreglo a sus capacidades, pero siempre buscando lo mejor. Pide y promueve que cada grupo o segmento del conjunto desempeñe su función con aristía, con nobleza y dignidad, tratando de alcanzar la excelencia en el servicio al Todo del que forma parte.


En la Comunidad y la Cultura tradicionales impera no la cantidad sino la calidad. Buscan siempre lo mejor, la excelencia, el ennoblecimiento, la plenitud, la superación a todos los niveles. Su norte es la perfección, en la medida en que pueda realizarla el ser humano (siempre imperfecto). Superación y perfección que llevan consigo la liberación, la salvación e iluminación de la persona.


El Poder y la Autoridad no vienen de abajo, sino de arriba, desde lo Alto. No pueden brotar del pueblo, y menos aún de la masa o plebe amorfa. Necesitan una consagración descendente, espiritual y por tanto trascendente, que los eleve a un plano superior y los legitime permitiéndoles así desarrollar y ejercer toda su potencia.


El pueblo alcanza su plenitud, su pleno y legítimo poderío, con su organicidad y vitalidad, ejerciendo la función o funciones que le corresponde, cuando se somete de manera espontanea y amorosa a la Autoridad espiritual, la Auctoritas que viene de lo Alto y que encarna la más alta Sabiduría, sabiendo al mismo tiempo –como consecuencia de ello– conservar su papel y destino naturales como depositario, conservador y trasmisor de la Sabiduría tradicional de forma consciente, seria y disciplinada (como ocurre en el Folklore: sabiduría, o lore, del pueblo o volk). Lo cual le permite disfrutar de una plena y fructífera libertad, actuando como un eficaz colaborador de los poderes legítimos y un buen garante del correcto desempeño tanto del Poder como de la Autoridad. Se hace entonces realidad el adagio Vox populi, Vox Dei (“La voz del pueblo es la Voz de Dios”).


La Comunidad y la Cultura tradicionales están basadas en el respeto y la admiración hacia lo que es superior, hacia quienes son superiores por una u otra razón (edad, saber, autoridad, creatividad, ejemplaridad): respeto y admiración a los mejores, los más nobles, los que constituyen un ejemplo o modelo viviente. Cosas que el igualitarismo hace imposibles y destruye de raíz.


En la cúspide del orden y la comunidad tradicionales se alza una Élite espiritual que encarna la suprema autoridad (aunque no tenga ningún poder), encargada de orientar a la sociedad y velar por la pureza y correcta trasmisión de la Doctrina. Es la más pura y alta forma de Aristocracia.


Papel central de los Maestros espirituales, que forman una cadena de trasmisión sapiencial insustituible y que enseñan no sólo con sus enseñanzas, con su palabra, sino sobre todo con su presencia, con su vida y su persona.


La Autoridad espiritual está por encima del poder temporal, ya sea político, militar, social o económico. Se impone por propio prestigio, por la alta realidad que encarna, por su carisma, por su altura de miras, por su sabiduría y su elevada dignidad. Es reconocida y obedecida sin necesidad de coacción ni de intervención directa en los asuntos que no le competen.


La máxima forma de organización tradicional es el Imperio, comunidad supranacional, con una inspiración sacra y una vocación universal, en cuyo seno encuentran su perfecta inserción los diversos pueblos, razas y culturas, así como cobijo, amparo, defensa y protección, viendo asegurada su identidad y su puesto dentro del Orden universal.


El Imperio hunde sus raíces, tiene su lógica y su fundamentación, en la Metahistoria. Es una construcción metapolítica y metahistórica, inspirada en la Sacralidad y la Trascendencia, que le dan toda su legitimidad, su majestad, su fuerza y su poderío. Su razón de ser es la instauración de la Paz a nivel universal, ofreciéndola a todo el Orbe. Una Paz que sólo es posible dentro de un marco sacral y bajo la influencia y acción benefactora de un Poder sacro.


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La crisis y decadencia de la Cultura tradicional (de una determinada tradición) puede estar motivada por las siguientes causas:

— Rebeldía contra sus principios y valores: luciferismo, titanismo, nihilismo.

— Deformación de la Doctrina: herejías, difusión de concepciones y posturas heterodoxas. Es posible asimismo la desviación o degeneración de la élite dirigente, que deja de ejercer la función que le corresponde y trata de ocupar terrenos y desempeñar funciones que no le corresponde. Corrupción de las élites.

— Pasividad, parálisis, inercia, atrofia, esclerosis, estancamiento, rigidez, anquilosamiento y endurecimiento. Falta de creatividad, de fidelidad a la Doctrina y de compromiso con ella. Falta de interés la misma.

— Alejamiento, oscurecimiento o eclipse de la Doctrina: desaparición del núcleo sapiencial, gnóstico, iniciático y esotérico. Ya no hay Maestros espirituales. El cuerpo tradicional se queda en lo superficial, lo más externo (posición integrista o tradicionalista, meramente religiosa o confesional, fideística).